El orden en la naturaleza no es “ilusorio”. La proporción áurea

 

hombre de vitruvio

Aunque ya hablamos brevemente en esta otra entrada sobre la posibilidad o no de que el orden del universo y la naturaleza sean sólo “aparentes”, ampliamos el tema hoy por ser éste un argumento recurrente en el debate Ciencia-Fe.

Es curioso que, cada vez que los creyentes invocamos ese orden, claramente observable en todo cuanto nos rodea y en nosotros mismos, como una posible prueba de una inteligencia primordial, los ateos insisten en que ese orden en realidad “no existe”, que “sólo nos parece que existe” porque “deseamos verlo así” (??). Y es curioso, sobre todo, porque, al postular que ese “orden aparente” es sólo caos mal interpretado, deben aceptar también que sus cerebros, esos mismos que les están indicando que el orden es sólo aparente, están gobernados también por el caos, pues esto es lo único que el azar puede producir. Aquí se da una curiosa paradoja, una contradicción que no todos los ateos consiguen captar cuando intentamos explicársela: para sostener con tanta rotundidad que el mundo natural es un producto caótico del azar ciego, deben sostener también, como una derivación lógica, que esta conclusión suya tiene muchas posibilidades de ser errónea, puesto que esta conclusión es un producto de sus cerebros, a su vez productos arbitrarios del azar. En otras palabras, cuando los ateos atribuyen esa infalibilidad a sus procesos mentales están, en realidad, alimentando una fe irracional (tan irracional o más que la que reprochan a los teístas :-)) en que sus cerebros están excluidos de la arbitrariedad general del mundo.

John F. Haught explica mejor que yo esta paradoja en los siguientes párrafos:

(Sam) Harris (neurocientífico y escritor americano, autor de “El fin de la fe”) pone una enorme confianza en su propio poder de razonamiento… Hace un tácito acto de fe en su propia inteligencia crítica. Pero nunca nos ofrece una buena razón de por qué deberíamos confiar en que su mente le conducirá -y nos conducirá- a la verdad. En otras palabras, Harris jamás justifica su desmesurada arrogancia cognitiva.Sencillamente cree a ciegas en la superior capacidad de su mente para encontrar la verdad con una facilidad y una certeza inalcanzables para las personas mal orientadas por la fe religiosa. Si quiere ser para nosotros un guía fiable, ha de confiar en que su mente es capaz de ponernos en contacto con el mundo real. Pero, ¿por qué habría de confiar en su mente, dada sobre todo la visión del mundo natural a partir del cual, según se afirma, ha evolucionado la mente humana, la de Harris igual que la de cada uno de nosotros?.. Si la evolución es el (único) factor causal último involucrado en la formación de la mente humana, lo normal sería que desconfiáramos de nuestra actividad cognitiva. Puesto que es entendida como un proceso desprovisto de sentido y propósito, ¿por qué confía el naturalista científico en que la evolución sea eficiente en algo distinto de las adaptaciones? Para justificar nuestra confianza cognitiva es necesario que, aparte de la evolución, algo más opere en el gradual surgimiento de la mente en el curso de la historia natural. Pues, si nuestras mentes no son más que el resultado accidental de un proceso evolutivo sin sentido ni propósito, ¿por qué deberíamos confiar en ellas?

Ninguna interpretación puramente naturalista ofrece razones suficientes para confiar en nuestras mentes.

Una explicación darwinista de las facultades críticas de la mente no es suficiente para fundamentar la confianza que depositamos en nuestros poderes cognitivos. El propio Darwin estaría de acuerdo con esta observación”

Así es, Charles Darwin lo expresaba así en una carta dirigida a W. Graham, fechada el 3 de julio de 1881:

“De continuo surge en mí la horrenda duda de si las convicciones de la mente humana, que se ha desarrollado a partir de la mente de animales inferiores, tienen algún valor, si son verdaderamente dignas de confianza. ¿Confiaría alguien en las convicciones de la mente de un mono, suponiendo que una mente así pueda albergar algún tipo de convicción?”

Evidentemente, Darwin sí había captado la paradoja 🙂

El único modo posible de apuntalar esta tesis de que el orden natural es “ilusorio” es sostener que el mundo, la naturaleza, el universo todo, podría haber sido distinto, que antes del comienzo había un sin fin de posibilidades y que nuestro “error”, el error de los teístas, es contemplar el mundo desde la perspectiva equivocada (la perspectiva acertada es la del ateo, claro :-)) Observamos el mundo, dicen, desde del “diseño acabado”, por eso nos parece “ordenado”. No entendemos, continúan los escépticos, que ese diseño no es tal porque la evolución, tanto cosmológica como biológica, podría haber transcurrido siguiendo cualquier otro cauce que el que tomó. Unos cauces -siempre, por supuesto, erráticos y arbitrarios- “podrían” haber llevado a un buen fin y otros no. Eso, nos conceden nuestros ateos, nunca lo sabremos, pero sí sabemos que tuvimos una gran suerte ya que el cauce elegido caprichosamente por la evolución funcionó y dio origen a la vida organizada y, en última instancia, a la aparición del ser humano y su prodigioso cerebro.

Suertudos que somos 🙂

El problema cuando se postula un “podría haber sido”, es que apelamos a un escenario virtual no verificable que, además, excluye el escenario real desde el cual hacemos esa apelación. El “podría haber sido” es un comodín útil para salir del paso si tu oponente en el debate te empieza a acorralar, pero carente de un valor argumental real, pues sostiene como una opción válida lo que es sólo una afirmación indemostrable. Se trata, pues, de una falacia, de la misma categoría que esas de las que suelen acusar los ateos a los creyentes. El “podría haber sido” es un condicional, estamos elucubrando desde el momento presente sobre un pasado que no llegó a ser precisamente porque, si ese pasado hubiera sido, no habría sido nuestro presente. Por eso, detrás de las palabras “podría haber sido” puedes añadir lo que gustes, tenga o no sentido, sea o no una estulticia, y no habrá manera de refutarlo. Un chiste muy viejo cuenta cómo un anciano le confiesa a un amigo: “Yo podría haberme casado con Sofía Loren”, el otro contesta escéptico,“sí, claro”, “te lo digo en serio”, insiste el primero, “estuve a punto: yo le pedí que se casara conmigo y ella me dijo que no” :-).

Yo “podría haber sido” gobernadora de Atlanta, pues sí, claro que sí, “podría”, y “podría” haber nacido en Katmandú y la vida “podría” estar basada en el bismuto en lugar del carbono. ¿Quién puede demostrar lo contrario? Pero me temo que, si alguien esgrime el argumento de la no falsabilidad para anular la hipótesis Dios, no sería muy honesto por su parte esconder ese mismo argumento en el fondo del cajón cuando se trata de aplicarlo a la falsabilidad de su propia hipótesis.

La naturaleza es como es actualmente y a partir de ahí debemos partir. El mundo natural es una gigantesca, variada y asombrosa maquinaria perfectamente eficaz y debemos basar nuestros argumentos en lo que sí es verificable desde donde estamos, y lo verificable es que en el cosmos existe un orden visible. Un orden real, objetivo, medible, no ilusorio o aparente. Si no existiera, como afirma el físico Paul Davies en el primer enlace que ofrecemos en esta entrada,“la Ciencia quedaría reducida a una farsa sin contenido”, puesto que toda ella basa su formidable andamiaje en la robusta realidad de ese orden. Si no hubiera orden en la naturaleza, las matemáticas, concebidas para describirlo, serían imposibles y, sin matemáticas, no habría Ciencia.

Azar es sinónimo de caos y el caos, por definición, no sigue normas o rígidas pautas, propias o ajenas, no elabora patrones ni dicta leyes inamovibles. Ni en uno ni en un millón de años. El ateo, leal como nadie a su compromiso con el materialismo, puede declarar si lo desea que el azar es el único autor de todo lo que vemos, pero afirmando esto, se verá abocado a admitir que ese azar, en el que confía tan ciegamente, y al que cree capaz de realizar -como escribió el biólogo Javier Sampedro “escalofriantes contorsiones”, no es el azar cotidiano que experimenta a diario y al que, como mucho, nuestro ateo sólo confiaría su deseo de que le toque la lotería :-). El azar en el que cree el ateo, no es el azar que opera en la naturaleza. El azar que opera en la naturaleza no es estéril ni errático, es un “azar” anómalo, excepcional, que escribe sus designios sobre papel pautado y los ejecuta en la naturaleza con una precisión matemática. En tres palabras: no es azar.

“La enorme utilidad de las matemáticas en las ciencias naturales es algo que roza lo misterioso, y no hay explicación para ello. No es en absoluto natural que existan ‘leyes de la naturaleza’, y mucho menos que el hombre sea capaz de descubrirlas. El milagro de lo apropiado que resulta el lenguaje de las matemáticas para la formulación de las leyes de la física es un regalo maravilloso que no comprendemos ni nos merecemos”.

Eugene Paul Wigner  
Físico y matemático húngaro
Premio Nobel de Física en 1963

En este caso, los creyentes tenemos todo el derecho a preguntar “qué” o “quién” ha pautado el papel.

Recordamos, una vez más, que el materialismo es una corriente filosófica que surgió antes del s. XIX, a rebufo del espíritu de los tiempos y cuando la Ciencia todavía no sabía qué era esa materia a la que estaba concediendo un poder cuasi omnímodo (aún hoy no lo sabemos con seguridad). Una doctrina surgida, en buena parte, como oposición a la concepción religiosa del mundo y no como resultado de los descubrimientos científicos. Si apelamos a la materia como única realidad, no queda otra opción que atribuir al azar todo lo que no sabemos cómo ocurrió. “No es que sea así, es que tiene que ser así, porque fuera del materialismo no encontramos ninguna otra explicación” aseguraba ingenuamente un divulgador en cierto debate televisivo evidentemente sin entender el alcance de lo que decía. Y así ha ocurrido desde entonces, cada nuevo descubrimiento fue “embutido” a empujones en el molde del fisicalismo y lo que no cabía en ese molde, simplemente fue ignorado o tachado de “fraude”, lo fuera o no. Así hasta el día de hoy.

Los ateos acusan a muchos grupos religiosos (en muchas casiones con razón) de “retorcer” los descubrimientos de la Ciencia para que encajen en sus libros sagrados… Esta táctica, deshonesta venga de donde venga, no difiere demasiado de lo que hacen los fisicalistas: retorcer esos mismos hechos para que encajen en su estrecha concepción materialista del universo. Como consecuencia de una de esas fantásticas piruetas de acomodación, nació en el siglo XIX una nueva versión del azar: el habilidoso, concienzudo, inteligentísimo y, esta vez sí, “ilusorio”,  azar de los huecos 😉 

***

A continuación les invito a leer unos párrafos de un artículo aparecido en la revista National Geographic Historia, nº 129, firmado por el matemático y periodista científico Enrique Gracián. El artículo está dedicado a la proporción de Fibonacci, y el “mágico” número áureo que se repite una y otra vez, casi obsesivamente, tanto en la Tierra como en el resto del universo. Una de las muchas pruebas de que la naturaleza, lejos de ser una amalgama informe y sin sentido (lo que esperaríamos de la actuación errática del azar), sigue unas rígidas normas matemáticamente estructuradas. Es un artículo excelente, no se lo pierdan:

“Se suele simbolizar con la letra griega Φ (phi) y su valor aproximado es 1,6180. Lo encontramos definido por primera vez en el libro VI de los Elementos del matemático y geómetra griego Euclides; allí aparece descrito como una relación entre longitudes, lo que sugiere que está asociado con la idea de proporción. La figura geométrica más sencilla que se puede construir manteniendo esta proporción es un rectángulo. Para ello basta con que el lado más pequeño mida 1, y el más largo, 1,6180. Esta sencilla figura es un rectángulo áureo, adjetivo que introdujo en la década de 1830 el matemático alemán Martin Ohm. ¿Qué tiene de especial? Que está en todas partes.

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regla aurea

dios y la regla aurea .

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numero sagrado

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En los cánones estéticos de la antigua Grecia representaba las proporciones perfectas y se utilizaba en la mayoría de las construcciones arquitectónicas: fue patrón de belleza para los artistas del Renacimiento, aparece en la mayoría de las catedrales góticas y en el edificio de la ONU de Nueva York (…) (El arte imitando a la naturaleza :-)) La proporción áurea está presente en la arquitectura del ADN, el crecimiento de multitud de organismos o la distribución de los planetas del sistema solar.

regla aurea y dios

(Y, por supuesto, en el cuerpo humano :-))

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regla aurea y dios   ....

regla aurea   ....

En el cuerpo humano la proporción áurea se presenta de diferentes maneras:

– La relación entre la altura de un ser humano y la altura a la que se encuentra su ombligo.
– La relación entre la distancia del hombro a los dedos y la distancia del codo a los dedos.
– La relación entre la altura de la cadera y la altura de la rodilla.
– La relación entre las divisiones vertebrales.
– La relación entre las articulaciones de las manos y los pies… Entre otras.

Leonardo de Pisa, conocido como Fibonacci, fue uno de los matemáticos más destacados de la Edad Media. En su obra más relevante, El libro del ábaco, de 1202, expone un problema sobre la reproducción de conejos cuya solución le da pie a representar una sucesión infinita de números naturales (pueden consultar una explicación detallada de este problema de Fibonacci en el enlace anterior). La posibilidad de ir añadiendo elementos mediante una suma, pero sin alterar la forma, da lugar a una pauta de crecimiento que podemos observar en estructuras de la naturaleza tan diversas como el desarrollo espiral de una galaxia,

dios y la regla aurea  .

las huellas dactilares,

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o la distribución de los pétalos de las flores.

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(Y no sólo en los pétalos :-))

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En la Italia renacentista, el número de oro fue retomado por Luca Pacioli(matemático y sacerdote franciscano, por cierto) quién llevó a cabo un exhaustivo estudio del mismo en una de sus obras más influyentes: De la divina proporción. Ilustrada con dibujos de Leonardo da Vinci, en ella explicaba las relaciones existentes entre el número áureo y la sucesión de Fibonacci: cualquier término de ésta se obtiene multiplicando el anterior por el número áureo…

Las espirales son líneas curvas que se generan a partir de un punto y se alejan del centro a la vez que giran a su alrededor. Esta curva ha fascinado desde antiguo a artistas y científicos; es un símbolo ornamental y religioso presente en muchas culturas, y una de las formas más frecuentes en el mundo natural. Entre los genios que aunaron las cualidades del artista y conocedor de las leyes de la geometría destaca el pintor Alberto Durero, quien en uno de sus libros sobre medición explicacómo dibujar una espiral a partir del rectángulo áureo. Si construimos un cuadrado en la izquierda de dicho rectángulo, a la derecha nos quedará un rectángulo más pequeño. Y resulta que este nuevo rectángulo también guarda las proporciones áureas. Este proceso se puede repetir hasta el infinito, con lo cual obtendremos una sucesión de rectángulos áureos y cuadrados cada vez más pequeños.

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(Utilizando un compás, a partir de este “rectángulo áureo” se puede dibujar una espiral que tiende al infinito, la llamada “espiral de Durero”).

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En términos matemáticos no es una auténtica espiral, pero es una buena aproximación a la espiral logarítmica que el matemático suizo Jakob Bernoulli bautizó como Spira mirabilis, ‘la espiral maravillosa’. El número áureo forma parte intrínseca tanto de la serie de Fibonacci como de la espiral logarítmica, dos conceptos matemáticos que se combinan en la formación de elementos tan dispares como plantas,

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regla aurea  flor

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huracanes,

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o galaxias.

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(La relación entre las nervaduras de las hojas de los árboles, la relación entre el grosor de las ramas principales y el tronco y la relación entre las ramas principales y las secundarias también obedecen a la proporción áurea).

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Así pues, el número Φ … gobierna el desarrollo de distintos seres vivos. La distribución de las escamas en una piña tropical,

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el desarrollo de la concha de los caracoles,

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o la forma en que se agrupan las semillas de las plantas son algunos ejemplos de la presencia del número áureo en la naturaleza, lo que lleva a pensar que obedece a algún tipo de funcionalidad que aún desconocemos”.

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El número áureo y la proporción de Fibonacci aparecen, como venimos diciendo, en la descripción de las órbitas planetarias, está involucrado en las distancias entre los planetas y sus períodos, en la reflexión de la luz en el cristal, en las células del sistema nervioso, etc. Es decir, abarca un terreno demasiado amplio como para adjudicarlo exclusivamente a las instrucciones encriptadas en el ADN. Aunque así fuera, aunque la proporción áurea resultara ser sólo la resolución física de una de las innumerables instrucciones inscritas en el libro de de la vida, aún quedaría mucho campo para abonarlo con preguntas. Pero no es así.

Resumiendo, amigo ateo, usted puede -adornando al azar con el ingenio que necesite para que el argumento le funcione- creer que el orden de la naturaleza surgió y se desarrolló por sí solo, de acuerdo, pero no puede negar que ese orden existe. 

Puede hacerlo, claro, nadie se lo impide, pero sería como negar que existen las estrellas, los océanos, el Cañón del Colorado y el cordero a la riojana.

 😉

***

“El matemático juega a un juego en el que él mismo inventa las reglas, mientras que el físico juega a un juego en el que las reglas son proporcionadas por la naturaleza; pero a medida que pasa el tiempo se hace cada vez más evidente que las reglas que el matemático encuentra interesantes son las mismas que las que ha escogido la naturaleza”.

Paul Adrien Maurice Dirac
Físico teórico inglés
Premio Nobel de Física en 1933 
***
“Entre los seres vivos resulta patente el orden, obra de un Poder superior al que yo llamo Dios. Es en este punto donde coinciden la fe y la verdad científica. La primera de ningún modo contradice a la segunda, sino que la completa al aportar una comprensión más sencilla del universo”
Jean Dorst
Biólogo, ornitólogo, paleontólogo francés
Formado en la Universidad de París
Miembro de la Academia de las Ciencias 
*** 
 
“El mundo es racional… El orden del mundo refleja el orden de la mente suprema que lo gobierna”
 
Kurt Gödel
Lógico, matemático y filósofo austriaco
Doctor por la Universidad de Viena
Considerado uno de los más importantes lógicos de todos los tiempos
Célebre por sus dos Teoremas de la Incompletitud

FUENTE: http://frasesdedios.blogspot.com/2015/01/el-orden-en-la-naturaleza-no-es.html

 

4 pensamientos en “El orden en la naturaleza no es “ilusorio”. La proporción áurea

  1. La complejidad computacional E8 que atraviesa lo exponencial para llegar hasta lo indecidible se termina entonces asimilando a Dios, pero entonces ¿que es Dios y porqué su nombre es YHWH? Si me preguntan por la dicotomía antinómica Creación versus Evolución yo encuentro una síntesis en la complejidad computacional.

    • y toda esa complejidad computacional que excede E8 y es ALL-complete tipo 0 indecidible, para el caso de los bioelementos acuoproteicos y todos los compuestos órganicos celulares comestibles de tipo carbohidratos, toda esa biodiversidad de las cien mil millones de presentaciones diferentes, está escrita en el código maestro de Carbono12, ni silicatos ni metales, en Carbono12 y sus orbitales se define el siguiente código de alto nivel ensamblable genético de bases nitrogenadas y fosfodiéster, así hasta llegar al proteoma, metaboloma y conectoma neuronal que nos permite la consciencia de esto mismo, todo escrito por la complejidad de cómputo del creador con el prediseño de su elemento maestro para enlaces en dobletes y tripletes nacido en horno de fusión nucleoestelar y sumamente estable por eones el C12.

      https://es.wikipedia.org/wiki/ALL_%28clase_de_complejidad%29
      https://kodesubstanz.wordpress.com/2014/12/20/aporia-de-la-falacia-de-hoyle/

  2. Pingback: El orden en la naturaleza no es “ilusorio”. La proporción áurea | La Verdad y solo la Verdad | tu angel humano informativo

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