Jugando con el hambre: los millonarios negocios con la tierra

Multinacionales, países petroleros y fondos de inversión están comprando millones de hectáreas. El equilibrio natural, el destino de los campesinos y el futuro del planeta están en juego.

Un campesino en Ruanda. África concentra más de 70 por ciento de las compras masivas de tierras.

Hay un producto más atractivo que el oro, más rentable que el petróleo y más codiciado que las acciones de Apple: la tierra. En los últimos diez años en África, América Latina y el Sureste Asiático, 230 millones de hectáreas han sido cedidas, vendidas o alquiladas a estados petroleros, potencias emergentes, conglomerados industriales, fondos de inversión y bancos. Es como si hubieran comprado a Francia, España, Alemania, Reino Unido, Italia, Portugal, Irlanda y Suiza juntos. Una fiebre de miles de millones de dólares que está trastornando el planeta al establecer plantaciones gigantes donde antes solo había sabanas, selvas y pequeñas parcelas. Puede ser la oportunidad para impulsar una verdadera revolución verde pero, a cambio, el mundo está jugando con su equilibrio y su sostenibilidad.

Desde tiempos coloniales, empresas y gobiernos extranjeros se tomaron tierras en todo el mundo. Pero en 2008, cuando se dispararon los precios de los alimentos, se aceleró el frenesí por comprar. Ese año, según la compañía de análisis financiero Bloomberg, el trigo aumentó 130 por ciento; la soya, 87 por ciento; el arroz, 74 por ciento, y el maíz, 31 por ciento. Sorprendidos, países que importan gran parte de su comida, inversionistas y compañías agroindustriales redescubrieron el aforismo del autor estadounidense Mark Twain: “Compren tierra porque ya no la fabrican”.

Comenzó entonces la carrera por las hectáreas. Como le dijo a SEMANA Danielle Nierenberg, experta en agricultura sostenible de la ONG Nourishing the Planet: “muchos países ricos se empezaron a preocupar por la manera como iban a alimentar a su población en 10, 20 o 30 años y se pusieron a buscar sitios para cultivar”. Así fue como Arabia Saudita, Emiratos Árabes o Qatar, países desérticos que importan 60 por ciento de su comida y que tienen los bolsillos repletos de petrodólares, se volcaron a adquirir suelos fértiles en Etiopía, Kazajistán o Indonesia.

Japón, China y Corea del Sur también compraron compulsivamente. Seúl controla ahora, a través de grandes consorcios como Daewoo o Hyundai, 2.300.000 hectáreas en otros países. Es uno de los terratenientes más grandes del planeta y sus propiedades llegan hasta Brasil, Tanzania, Filipinas o Rusia. China, por su parte, se prepara para enfrentar un reto enorme. Tiene 1.400 millones de bocas para alimentar, el 20 por ciento de la población mundial, pero menos del 10 por ciento de los suelos cultivables del planeta. Con la urbanización y la industrialización, se está consolidando el problema. Por eso en los últimos años Beijing firmó contratos con más de 30 países.

Uno de estos es República Democrática del Congo, el país más grande de África, que lleva décadas atrapado en la llamada guerra mundial de África. En esa nación, empresas chinas consiguieron una concesión para instalar la plantación de palma más grande del mundo, que cubrirá en los próximos años un millón de hectáreas -casi cuatro veces el tamaño de Bogotá-.

Pero no solo los gobiernos invierten. Con los precios del petróleo por las nubes, la demanda por biocombustibles está aumentando a una velocidad vertiginosa, y con ella la presión para sembrar caña de azúcar, palma africana, soya o jatropha, una mata con propiedades similares. Grandes empresas del sector energético, químico o agroindustrial están adquiriendo por doquier. En Argentina, enormes extensiones de soya, destinada a biocombustibles, están devorando la pampa y reemplazando alimentos como el ganado o el trigo.

Pero el suelo ya no es solo para cultivar. También se volvió una forma para ganar mucho dinero. Después de la crisis financiera de 2008, las tierras atrajeron inevitablemente a los mercados financieros, pues es un negocio seguro. Con el auge de los biocombustibles, el calentamiento global, el incremento de la población mundial y el alza de los alimentos, la presión sobre la tierra va a seguir creciendo. Warren Buffett, el multimillonario estadounidense, se gastó 400 millones de dólares en soya y azúcar en Brasil. En Argentina, la familia Benetton posee 900.000 hectáreas en la Patagonia y el gurú de las finanzas George Soros ya tiene un fondo para adquirir tierras en América del Sur.

Como la compra masiva de tierras es aún un fenómeno reciente, sus consecuencias aún son inciertas. Los nuevos terratenientes insisten en que es una oportunidad única para sacar de la miseria a millones de campesinos. Prometen inversiones en educación, salud, carreteras, inyectar tecnologías y mejorar la productividad. Pero, como dijo a SEMANA Carlos Vicente, de la ONG Grain, los riesgos son demasiado grandes: “El acaparamiento de tierras ya está teniendo un tremendo impacto. El desplazamiento de comunidades locales, la destrucción de las economías regionales, la pérdida de la producción de alimentos para el consumo local, la pérdida de la biodiversidad, los impactos de los monocultivos y de los agrotóxicos usados en la producción agroindustrial son efectos que ya son parte de la realidad”.

Las dos terceras partes de los nuevos negocios se están firmando en África, en países que muchas veces carecen de instituciones capaces de ejercer un control. Las transacciones son opacas y los derechos del campesino no son precisamente la preocupación principal de los dirigentes. Además, muchos países están dispuestos a todo tipo de sacrificios con tal de atraer las inversiones. Philippe Heilberg, un inversionista estadounidense que tiene cientos de miles de hectáreas en Sudán del Sur, se lo explicó con mucho cinismo a la revista Der Spiegel: “Cuando hay poca comida, el inversionista necesita un estado débil que no lo fuerce a regirse por las reglas”. Así es como en Mozambique inversionistas consiguieron contratos de alquiler de 99 años, con exenciones de impuesto sobre 25 años, al irrisorio precio de un dólar por hectárea al año. Cada año solo van a pagar 300.000 dólares, lo que vale una casa en un suburbio de clase media en Houston.

También abundan denuncias de grandes organizaciones humanitarias sobre regiones enteras que son desplazadas. En enero, Human Rights Watch denunció que 70.000 campesinos de Etiopía abandonaron sus pueblos después de que el gobierno vendió sus tierras. Oxfam, por su parte, indicó que en Uganda 20.000 personas salieron de sus parcelas para que ahí se instale una compañía maderera.

Pero tal vez la mayor preocupación es que, aunque parezca contradictorio, la producción masiva estimula el hambre. Nierenberg dijo que “los gobiernos muchas veces venden sin consultar con las comunidades. Los granjeros, ya sin parcela, no pueden alimentar a su familia y se ven obligados a migrar a las ciudades”. Además, los alimentos ahora compiten en un mercado global. El pobre de Etiopía tiene que pagar un precio competitivo por el trigo que consume o, de lo contrario, el producto es exportado. Y el modelo agrícola, basado sobre todo en biocombustibles, acaba con los cultivos tradicionales. A mediados del año pasado, miles de personas murieron de hambre en el Cuerno de África. Una crisis que, según un reporte del Banco Mundial, fue provocada por una sequía prolongada, pero también por el auge de biocombustibles que contribuyeron a la inflación de la comida.

Por ahora, activistas y ONG tratan de imponer un código ético mundial, mayores controles y más transparencia en el mercado de tierras. Aunque algunos, como Carlos Vicente, piensen que “buscar un punto medio es como intentar que convivan en una jaula un cordero y un león”, el mundo tiene la obligación de resolver pronto cómo va alimentarse, sin correr el riesgo de autodestruirse.

Fuente: http://www.semana.com

1Ti 6:6 Aunque, ¡fuente de gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento!
1Ti 6:7 Porque nada trajimos al mundo y nada podemos sacar,
1Ti 6:8 así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto,
1Ti 6:9 pues los que quieren ser ricos caen en tentación y trampa y en muchas codicias insensatas y dañinas, las cuales hunden a los hombres en destrucción y perdición;
1Ti 6:10 porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos se descarriaron de la fe, y se traspasaron a sí mismos con muchos dolores.

EN EE. UU. PROHÍBEN CON UNA INSÓLITA LEY DAR DE COMER AL AIRE LIBRE A LOS SINTECHO

En medio de la crisis económica en la que miles de estadounidenses están luchando por sobrevivir, las autoridades locales de EE. UU. no se sienten satisfechas con la polémica ley federal HR 347 que penaliza las protestas y han ido más lejos en sus aspiraciones de reprimir la voluntad de sus ciudadanos: ahora prohíben dar comida a los pobres y a los sin hogar al aire libre.

Filadelfia y Houston son dos ciudades grandes que están impulsando considerables limitaciones de la voluntad personal de sus ciudadanos de ayudar a los pobres. El 14 de marzo el alcalde de Filadelfia, Michael Nutter, anunció la prohibición por ley de alimentar a los sin hogar y la gente necesitada al aire libre. Según Nutter, alimentar a los sin hogar en los parques viola las condiciones sanitarias. Pero los activistas están convencidos de que la verdadera causa del Gobierno de Filadelfia es limpiar la zona turística de los ‘poco estéticos’ sin hogar.

La normativa entrará en vigor dentro de 30 días. Los que violen la ley recibirán dos advertencias y luego tendrán que pagar una multa de 150 dólares. Houston también ha anunciado que está elaborando su propia ley que prohibirá dar comida a los necesitados.

¿Cuál es el modo correcto de alimentar a los sintecho?

“Alimentar a los hambrientos no debe realizarse así como abrir un autocamión, distribuir sin pensar las hamburguesas, y luego huir en la noche oscura y lluviosa”, dijo el alcalde de Filadelfia, Michael Nutter, que propone fomentar la práctica de alimentar a los pobres en locales cubiertos. Al mismo tiempo, según Nutter, las grandes reuniones familiares en los parques no se verán afectadas por la prohibición.

Pese que los gobiernos locales acentúan que intentan proteger a los pobres de una comida insana y peligrosa, no pueden dar ningún ejemplo de algún caso en el que alguien se haya puesto enfermo. Según los expertos, los sin hogar, privados de las fuentes de alimentación que les suelen asegurar los activistas, se verán obligados a alimentarse en los basureros.

La iniciativa despertó una fuerte indignación en la población local y los activistas. “Es una clara violación de los derechos civiles. Eso quiere decir que la gente que tiene que comer, puede comerlo en ciertos lugares. Pero la gente que no lo tiene, no puede comer lo que le dan”, manifiesta el activista Brian Jenkins.

“Pagué 1.000 dólares de multa por mi ‘delito'”

Mientras tanto, la práctica de definir por ley cuál es el modo correcto para alimentar a los sin hogar es común para varias regiones de EE. UU. Los activistas en California, Texas, Pennsylvania, Carolina del Sur y Florida informan que desde hace tiempo se sienten reprimidos por la Policía, que les impide repartir comida entre los pobres.

“Estuve entre los 24 arrestados en Orlando, Florida, en junio de 2011 por haber repartido comida a un grupo de pobres en lo que resultó ser una violación de la ley de alimentación de un amplio grupo de gente (‘large group feeding law’). Cuando me arrestaron por segunda vez, pasé 17 días tras las rejas. Pagué 1.000 dólares de multa por mi ‘delito'”, contó a RT el activista Keith McHenry del movimiento ‘Food not Bombs’.

“Por desgracia, muchas personas más pueden ser arrestadas o multadas por ayudar a los necesitados y por tratar de encontrar soluciones a largo plazo contra la pobreza en EE. UU.”, concluye Keith.

“No existe un modo correcto de alimentar a los pobres, existe solo la distribución de toda la comida que puedes permitirte darles”, indicó la activista Kathy Mitro en su petición en internet tras ser arrestada en Daytona Beach, Florida, por alimentar a los pobres.

Fuente: http://actualidad.rt.com

Pobreza: El problema con usar la cifra del dólar diario para medir la pobreza.

Algunos economistas consideran que la medida de US$1 por día ha quedado obsoleta.

Es impactante saber cuánta gente vive con menos de US$1 al día – e informes periódicos de las cifras durante las dos últimas décadas ayudaron a avivar las campañas contra la pobreza. Pero, ¿es posible que esta estadística haya causado más perjuicio que beneficio?

Al final de la década de los 80 del siglo pasado, un grupo de economistas del Banco Mundial en Washington se dio cuenta de que cierta cantidad de países en desarrollo marcaban su umbral de la pobreza en un ingreso de alrededor de US$370 al año.

Esto reflejaba la cantidad básica que una persona necesitaba para vivir. Cada país tenía un concepto diferente de lo que era lo esencial, pero la cifra de US$370 era común a todos, así que el equipo del Banco Mundial la propuso como una línea global para delimitar la pobreza.

Un tiempo después, uno de estos economistas, Martin Ravallion, estaba cenando con su esposa y, mientras conversaban, tuvo lo que él describió como una “revelación”.

Si divides US$370 entre 365 días, resulta poco más de un dólar por día. Y así nació el pegadizo concepto de “Un dólar al día”.

Simple, poderoso e impactante.

“Queríamos generar un impacto con ello”, recuerda Martin Ravallion. “Hacer que la gente acomodada se diera cuenta de lo pobre que es mucha gente en el mundo”.

Pero es más complicado y controvertido de lo que a primera vista parece.

Para empezar, Ravallion y sus colegas del Banco Mundial no hacían mención a qué es lo que se puede comprar si se lleva un dólar estadounidense a un banco y se cambia por rupias indias o nairas nigerianas.

Un dólar estadounidense da para mucho en algunos países en desarrollo.

En lugar de eso, los economistas calcularon un dólar especialmente ajustado utilizando un método llamado Paridad de Poder Adquisitivo, (PPP, por sus siglas en inglés).

Revisaron los precios de cientos de bienes en países en desarrollo. Y tomando como referencia las cuentas nacionales, encuestas del hogar y datos censales, calcularon cuánto dinero se necesitaría en cada país para comprar una cesta de bienes esenciales comparable a un paquete que costaría US$1 en Estados Unidos.

Queríamos generar un impacto con ello. Hacer que la gente acomodada se diera cuenta de lo pobre que es mucha gente en el mundo”

Martin Ravallion, del Banco Mundial

Ud. estaba por debajo del umbral de la pobreza si no podía permitirse esa cesta.

Es todavía una realidad de vida para 13% de la gente en China; 47,5% en África Subsahariana; 36% en el Sur de Asia; 14% en Asia del Este y del Pacífico; 6,5% en América Latina y el Caribe. Casi 1,300 millones de personas.

Y, quizá de forma sorprendente, la gente que vive con un dólar al día no se lo gasta todo en esa cesta de comida, en sobrevivir. Habitualmente gastan unos 40 centavos en otras cosas, dice el profesor Abhijit Banerjee de la universidad estadounidense MIT.

“Sacrifican las calorías para pagar entretenimiento, ocio”.

La cifra de US$1 es también una media.

“Las familias pobres… pueden ganar US$10 un día y después nada por dos semanas”, dice el profesor Jonathan Morduch de la Wagner School en la Universidad de Nueva York.

“Una temporada pueden ganar mucho, otra pueden ganar muy poco”.

Actualización de los cálculos

Medir la extrema pobreza por cifras concretas ayuda, según algunos economistas, a sensibilizar a los más ricos.

El primer informe del Banco Mundial sobre la población que vive con un dólar al día apareció en 1993. Las actualizaciones regulares realizadas desde entonces han jugado un importante rol para llamar la atención sobre los pobres del mundo.

Pero una de las principales razones por las que el número se difundió y adquirió vida propia fue adoptar como primer Objetivo del Milenio de la Organización de Naciones Unidas “la reducción a la mitad, entre 1990 y 2015, de la proporción de gente cuyos ingresos fueran inferiores a un dólar por día”.

Este objetivo de alto nivel fue acordado por la Asamblea General de la ONU y adoptado por casi todas las instituciones de desarrollo del mundo.

Hace diez días, el Banco Mundial declaró que el objetivo se ha cumplido antes de tiempo.

Sin embargo, una vez más, las cosas son más complicadas de lo que aparentan.

Durante los años que han pasado desde que se establecieran los Objetivos de Desarrollo del Milenio, el umbral de pobreza de un dólar al día ha sido recalculado. La medida global de umbral de la pobreza del Banco Mundial ya no es 1 dólar, sino US$1,25 al día.

Cuando se acuñó la frase por primera vez en 1993, los cálculos de paridad de poder adquisitivo se basaban en precios y datos de consumo de los años 80.

Pero para 2008, los economistas del Banco Mundial tenían más y mejores datos sobre precios y consumo, lo que les permitió redefinir esos cálculos – y más países en desarrollo habían calculado umbrales de pobreza.

Así que el umbral de la pobreza se recolocó en $1,25, según los cálculos de PPP de 2005.

“Un fracaso exitoso”

A pesar del éxito en hacer hincapié sobre el problema de la extrema pobreza, algunos críticos creen que la referencia del US$1 por día ha causado más daño que beneficio.

“Es un fracaso exitoso”, según Lant Pritchett, un economista que trabajó en el Banco Mundial y que ahora es profesor de Desarrollo Internacional en la Kennedy School de la Universidad de Harvard.

“Es una herramienta exitosa desde el punto de vista de las Relaciones Públicas pero creo que ha sido un fracaso en cuanto a lograr el objetivo de mejorar el bienestar humano en el mundo”, dice.

Argumenta que se ha puesto más el enfoque en la filantropía que en el desarrollo a largo plazo – una suerte de curita en lugar de solucionar el problema.

E incluso el umbral de US$1,25 es demasiado bajo – porque alguien que gana $1,25 o $1,50 está todavía en una situación de pobreza atroz.

Pritchett propone que se cree un umbral de la pobreza adicional de US$10.

Pero el economista Ravallion rechaza la crítica.

Los avances en la reducción de la cantidad de personas que viven con menos de US$1,25 por día se deben en su mayor parte al crecimiento económico, dice, más que a los donativos.

“Debemos mirar a toda la distribución. Es lo que llevo diciendo desde el principio”, sostiene. “Lo que también digo es que nuestra prioridad más importante debe ser ayudar a los más pobres primero”.

División

Es un argumento que divide a los expertos en este campo.

El profesor Banerjee admite que la cifra de US$1,25 por día juega un papel útil, porque la cantidad de ayuda que los países ricos están dispuestos a dar es limitada y tiene sentido, señala, que se dé a la gente más pobre.

Pero el profesor Morduch considera que la cifra es tan baja que ha fomentado la idea de que la gente en esta situación de ingresos mínimos debe vivir vidas pasivas e indefensas, cuando este no es el caso.

De hecho, añade, son personas con ganas de ahorrar y necesitan herramientas, tales como cuentas bancarias, que les ayuden a hacerlo.

“No viven al día, están pensando en el futuro”.

Fuente: http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2012/03/120309_economia_politica_un_dolar_bd.shtml

Somalia. Los porqués del hambre

La emergencia alimentaria que afecta a más de 10 millones de personas en el Cuerno de África ha vuelto a poner de actualidad la fatalidad de una catástrofe que no tiene nada de natural. El hambre no es una fatalidad inevitable que afecta a determinados países. Las causas del hambre son políticas. ¿Quiénes controlan los recursos naturales (tierra, agua, semillas) que permiten la producción de comida? ¿A quiénes benefician las políticas agrícolas y alimentarias? Hoy, los alimentos se han convertido en una mercancía y su función principal, alimentarnos, ha quedado en un segundo plano.

Vivimos en un mundo de abundancia. Hoy se produce comida para 12.000 millones de personas, según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), cuando en el planeta habitan 7.000. Comida, hay. Entonces, ¿por qué una de cada siete personas en el mundo pasa hambre?

La emergencia alimentaria que afecta a más de 10 millones de personas en el Cuerno de África ha vuelto a poner de actualidad la fatalidad de una catástrofe que no tiene nada de natural. Sequías, inundaciones, conflictos bélicos. contribuyen a agudizar una situación de extrema vulnerabilidad alimentaria, pero no son los únicos factores que la explican.

La situación de hambruna en el Cuerno de África no es novedad. Somalia vive una situación de inseguridad alimentaria desde hace 20 años. Y, periódicamente, los medios de comunicación remueven nuestros confortables sofás y nos recuerdan el impacto dramático del hambre en el mundo. En 1984, casi un millón de personas muertas en Etiopía; en 1992, 300.000 somalíes fallecieron a causa del hambre; en 2005, casi cinco millones de personas al borde de la muerte en Malaui, por sólo citar algunos casos.

El hambre no es una fatalidad inevitable que afecta a determinados países. Las causas del hambre son políticas. ¿Quiénes controlan los recursos naturales (tierra, agua, semillas) que permiten la producción de comida? ¿A quiénes benefician las políticas agrícolas y alimentarias? Hoy, los alimentos se han convertido en una mercancía y su función principal, alimentarnos, ha quedado en un segundo plano.

Se señala a la sequía, con la consiguiente pérdida de cosechas y ganado, como uno de los principales desencadenantes de la hambruna en el Cuerno de África, pero ¿cómo se explica que países como Estados Unidos o Australia, que sufren periódicamente sequías severas, no padezcan hambrunas extremas? Evidentemente, los fenómenos meteorológicos pueden agravar los problemas alimentarios, pero no bastan para explicar las causas del hambre. En lo que respecta a la producción de alimentos, el control de los recursos naturales es clave para entender quién y para qué se produce.

En muchos países del Cuerno de África, el acceso a la tierra es un bien escaso. La compra masiva de suelo fértil por parte de inversores extranjeros (agroindustria, Gobiernos, fondos especulativos.) ha provocado la expulsión de miles de campesinos de sus tierras, disminuyendo la capacidad de estos países para autoabastecerse. Así, mientras el Programa Mundial de Alimentos intenta dar de comer a millones de refugiados en Sudán, se da la paradoja de que Gobiernos extranjeros (Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Corea.) les compran tierras para producir y exportar alimentos para sus poblaciones.

Asimismo, hay que recordar que Somalia, a pesar de las sequías recurrentes, fue un país autosuficiente en la producción de alimentos hasta finales de los años setenta. Su soberanía alimentaria fue arrebatada en décadas posteriores. A partir de los años ochenta, las políticas impuestas por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial para que el país pagara su deuda con el Club de París, forzaron la aplicación de un conjunto de medidas de ajuste. En lo que se refiere a la agricultura, estas implicaron una política de liberalización comercial y apertura de sus mercados, permitiendo la entrada masiva de productos subvencionados, como el arroz y el trigo, de multinacionales agroindustriales norteamericanas y europeas, quienes empezaron a vender sus productos por debajo de su precio de coste y haciendo la competencia desleal a los productores autóctonos. Las devaluaciones periódicas de la moneda somalí generaron también el alza del precio de los insumos y el fomento de una política de monocultivos para la exportación forzó, paulatinamente, al abandono del campo. Historias parecidas se dieron no sólo en países de África, sino también en América Latina y Asia.

La subida del precio de cereales básicos es otro de los elementos señalados como detonante de las hambrunas en el Cuerno de África. En Somalia, el precio del maíz y el sorgo rojo aumentó un 106% y un 180% respectivamente en tan solo un año. En Etiopía, el coste del trigo subió un 85% con relación al año anterior. Y en Kenia, el maíz alcanzó un valor 55% superior al de 2010. Un alza que ha convertido a estos alimentos en inaccesibles. Pero, ¿cuáles son las razones de la escalada de los precios? Varios indicios apuntan a la especulación financiera con las materias primas alimentarias como una de las causas principales.

El precio de los alimentos se determina en las Bolsas de valores, la más importante de las cuales, a nivel mundial, es la de Chicago, mientras que en Europa los alimentos se comercializan en las Bolsas de futuros de Londres, París, Ámsterdam y Fráncfort. Pero, hoy día, la mayor parte de la compra y venta de estas mercancías no corresponde a intercambios comerciales reales. Se calcula que, en palabras de Mike Masters, del hedge fund Masters Capital Management, un 75% de la inversión financiera en el sector agrícola es de carácter especulativo. Se compran y venden materias primas con el objetivo de especular y hacer negocio, repercutiendo finalmente en un aumento del precio de la comida en el consumidor final. Los mismos bancos, fondos de alto riesgo, compañías de seguros, que causaron la crisis de las hipotecas subprime, son quienes hoy especulan con la comida, aprovechándose de unos mercados globales profundamente desregularizados y altamente rentables.

La crisis alimentaria a escala global y la hambruna en el Cuerno de África en particular son resultado de la globalización alimentaria al servicio de los intereses privados. La cadena de producción, distribución y consumo de alimentos está en manos de unas pocas multinacionales que anteponen sus intereses particulares a las necesidades colectivas y que a lo largo de las últimas décadas han erosionado, con el apoyo de las instituciones financieras internacionales, la capacidad de los Estados del sur para decidir sobre sus políticas agrícolas y alimentarias.

Volviendo al principio, ¿por qué hay hambre en un mundo de abundancia? La producción de alimentos se ha multiplicado por tres desde los años sesenta, mientras que la población mundial tan sólo se ha duplicado desde entonces. No nos enfrentamos a un problema de producción de comida, sino a un problema de acceso. Como señalaba el relator de la ONU para el derecho a la alimentación, Olivier de Schutter, en una entrevista a EL PAÍS: “El hambre es un problema político. Es una cuestión de justicia social y políticas de redistribución”.

Si queremos acabar con el hambre en el mundo es urgente apostar por otras políticas agrícolas y alimentarias que coloquen en su centro a las personas, a sus necesidades, a aquellos que trabajan la tierra y al ecosistema. Apostar por lo que el movimiento internacional de La Vía Campesina llama la “soberanía alimentaria”, y recuperar la capacidad de decidir sobre aquello que comemos. Tomando prestado uno de los lemas más conocidos del Movimiento 15-M, es necesaria una “democracia real, ya” en la agricultura y la alimentación. www.ecoportal.net

Esther Vivas, del Centro de Estudios sobre Movimientos Sociales de la Universidad Pompeu Fabra, es autora de Del campo al plato. Los circuitos de producción y distribución de alimentos.

El País, Madrid – http://www.elpais.com/global

Luc 6:21  Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque seréis saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis.