¿Qué se necesita para comprender la fórmula de la felicidad?

Diez, doce años atrás, hice un descubrimiento que trastocó y revolucionó mi vida, convirtiéndome en un hombre nuevo. Descubrí una formula que me permite ser feliz por el resto de la vida, que permite disfrutar cada minuto de la vida. Redescubrí la vida.

Al escuchar esto, alguien podrá asombrarse y preguntarme:
_¡Cómo se enteró sólo diez o doce años atrás? ¿No ha leído usted los Evangelios?
¡Por supuesto que leí los Evangelios! ¡Pero no la había visto! La fórmula estaba allí, en los Evangelios, pero yo no la había comprendido. Más tarde, cuando ya la había descubierto, la hallé en los textos sagrados de las principales religiones y me asombré: la había leído y no la había visto, no la había comprendido. Ojalá la hubiera descubierto cuando era más joven.
¡Qué diferente habría sido todo!

¿Cuánto tiempo me llevará transmitir a otros esa fórmula? ¿Todo un día? Voy a ser honesto: sólo un par de minutos. No creo que requiera más de dos minutos transmitirla. Captarla o comprenderla llevaría…¿veinte años?, ¿quince años?, ¿diez años?, ¿diez minutos?, ¿un día?, ¿tres días? ¡Quién sabe! Eso depende de cada uno.

La capacidad de escuchar

Es necesaria una cualidad para captar aquello que yo descubrí de repente diez años atrás y que revolucionó mi vida: la cualidad de escuchar, de comprender, de “ver”. Creo que, si mil personas me oyen y una escucha, si mil me leen y una ve, es un promedio bastante bueno.

¿Es difícil comprender la fórmula? Es tan sencilla que puede comprenderla un niño de siete años, ¿no es asombroso? En realidad, cuando pienso en eso hoy, me pregunto: ¿Por qué no la comprendí antes? No lo sé. No sé por qué no la comprendí antes. Pero así fue. Puede ser que cualquiera esté en condiciones de comprenderla hoy, aunque sea en parte. ¿Qué se necesita para comprenderla? Una sola cosa: la capacidad de escuchar. Eso es todo. ¿Eres capaz de escuchar? Si lo eres, podrás comprenderla.

Ahora bien, escuchar no es tan fácil como podría parecer. La razón es que siempre escuchamos a partir de conceptos establecidos, de posiciones y fórmulas establecidas, de prejuicios…Escuchar no significa “tragar”; eso es credulidad: -Él lo dice, yo lo acepto.

No quiero que nadie me tenga fe cuando me escucha o me lee; las enseñanzas de la Iglesia o la Biblia se pueden tomar con fe, pero no lo quiero que me tomen a mí con fe. Deseo que cuestionen todo lo que digo, que reflexionen sobre mis opiniones.

Escuchar no significa ser crédulo. Pero tampoco significa atacar. Lo que voy a plantear es algo tan nuevo que algunos pensarán que estoy loco, que no estoy en mi sano juicio. Por consiguiente, van a sentirse tentados de atacar. Si se le dice a un marxista que algo anda mal dentro del marxismo, lo primero que probablemente haga es atacar. Si se le dice a un capitalista que algo no está bien en el capitalismo, se alza en armas. Si se le dice a un norteamericano que en los Estados Unidos hay algo que no está bien, se enfurece. Y lo mismo sucede con los indios, si se ataca a la India, etcétera.

Escuchar no significa creer ciegamente, ni tampoco atacar o simplemente estar de acuerdo. Me contaron acerca de un superior jesuita que tenía mucho éxito. Alguien le preguntó:
-¿Cómo es que usted tiene tanto éxito como superior?
-Muy sencillo; la receta es sencilla: estoy de acuerdo con todos – respondió.
¡Estaba de acuerdo con todos! Le objetaron:
-¡No hable tonterías! ¿Cómo puede usted tener éxito como superior estando de acuerdo con todos?
-Es cierto, ¿cómo puedo tener éxito como superior estando de acuerdo con todos? – fue su respuesta.

¿Qué se necesita para comprender la
fórmula de la felicidad? Una sola cosa:
la capacidad de escuchar.

De modo que escuchar no significa estar de acuerdo conmigo; puedes discrepar conmigo y entenderlo, ¿no es asombroso? Escuchar significa estar alerta. Si estás alerta, estás observando, estás escuchando, con una especie de mente virgen. No es fácil escuchar con una mente virgen, sin prejuicios, sin fórmulas establecidas.

Alguien me contó la historia de una persona que llevó a la práctica el famoso refrán: “Quien por día una manzana come, al médico a distancia pone.” Bien, esta persona tenía un affaire con la esposa de un médico…y comía una manzana por día. Es decir, ¡había entendido todo al revés! Había partido de una fórmula establecida, de una posición mental rígida.

Me contaron también acerca de un sacerdote que estaba tratando de convencer a un feligrés alcohólico de que dejara la bebida. Para ello llenó un vaso con alcohol puro y tomó una lombriz, dejándola caer en el vaso. La pobre lombriz comenzó a retorcerse y murió. Y el sacerdote le dijo al feligrés:
-¿Comprendiste el mensaje, Juan?
-Sí, padre, comprendí el mensaje… comprendí el mensaje…¿Sabe?, si se tiene un bicho en el estómago, hay que tomar alcohol.
¡Ay! ¡Vaya si comprendió el mensaje! Juan no comprendió el mensaje porque no estaba escuchando.

Conozco otro caso en el que era el sacerdote el que no estaba escuchando. En efecto, cuentan acerca de un alcohólico que fue a ver al cura párroco, el cual, como estaba leyendo el diario, no quería que lo molestaran.
-Disculpe, padre.
El padre, fastidiado, lo ignoraba.
-Eh, disculpe, padre.
-¿Qué pasa? – preguntó el párroco.
-¿Me podría decir qué produce artritis, padre?
El padre seguía fastidiado:

-¿Qué produce artritis? Beber produce artritis; eso es lo que produce artritis. Salir con mujeres fáciles produce artritis; eso es lo que produce artritis. Dedicarse al juego produce artritis; eso es lo que produce artritis. ¿Por qué lo preguntas?
-Porque aquí, en el diario, dice que el Santo Padre tiene artritis. El párroco no había estado escuchando.

Bueno, si estás preparado para oír algo nuevo, sencillo, inesperado, opuesto a casi todo aquello que te han contado hasta ahora, entonces quizás escuches lo que tengo que decir, quizás lo comprendas. Cuando Jesús enseñaba la Buena Nueva, creo que fue atacado no sólo porque lo que enseñaba era bueno, sino porque era nuevo. Odiamos todo lo que es nuevo:
-No quiero oír nada nuevo; denme las viejas cosas.

Si rechazamos lo nuevo, no
estamos dispuestos a escuchar.
Pero si lo aceptamos sin discriminar,
tampoco estamos escuchando.

No nos gusta lo nuevo; es demasiado molesto, demasiado liberador. Si rechazamos lo nuevo, no estamos dispuestos a escuchar.

Pero si lo aceptamos sin discriminar, tampoco estamos escuchando. Buda lo dijo de una manera muy hermosa: “Monjes y discípulos no deben aceptar mis palabras por respeto, sino que deben analizarlas, de la misma manera que un orfebre trabaja el oro: seccionando, raspando, frotando, fundiendo.” Así debe ser también con mis palabras.

La vida está donde menos se le espera

¿Qué es eso que llamamos “nuestra vida”? Echa una mirada al mundo y luego te invitaré a echar una mirada a tu propia vida. Echa una mirada al mundo: pobreza por doquier. Leí en el New York Times que los obispos de los Estados Unidos afirman que hay 33 millones de personas en el país que viven por debajo del umbral de pobreza, trazado por el propio gobierno. Si crees que eso es pobreza, deberías ir a otros países a ver la consunción, la suciedad, la miseria. ¿A eso se puede llamar vida?

Pero hay algo asombroso. Te mostraré que la vida existe aun en esas condiciones.
Alrededor de 12 años atrás me presentaron, en Calcuta, a un hombre que arrastraba un ricksha, un vehículo de tres ruedas de tracción humana…¡Es terrible! Se trata de un ser humano; no es un caballo el que tira, sino un ser humano. Estos pobres seres no duran mucho tiempo; viven 10 a 12 años después de que comienzan a tirar del ricksha, pues enferman de tuberculosis. Pese a su trabajo, Ramchandra –que así se llamaba este hombre tenía esposa e hijos, e incluso televisión. En ese entonces había un pequeño grupo de personas dedicadas a una actividad ilegal llamada “exportación de esqueletos”, que finalmente fueron apresadas. ¿Sabes qué hacían? Si una persona era muy pobre, ellos se le
acercaban y le compraban el esqueleto por el equivalente de unos 10 dólares. Así fue como le preguntaron a Ramchandra:

-¿Desde cuánto tiempo atrás trabajas en la calle?
-Desde hace diez años…-respondió Ramchandra. Entonces ellos pensaron: “No va a vivir mucho más…” Y dijeron: -Muy bien, aquí está tu dinero.

En el momento en que la persona moría, se apoderaban del cuerpo, se lo llevaban y, luego, cuando el cuerpo estaba descompuesto, mediante un proceso que tenían, descarnaban todo el esqueleto. Ramchandra había vendido el suyo, tanta era su miseria; estaba rodeado de consunción, pobreza, desgracia, incertidumbre. Nunca creerías posible encontrar la felicidad allí, ¿no es cierto?

A este hombre, al que nada parecía molestarlo, que estaba perfectamente bien, al que nada parecía preocuparlo, le pregunté un día:
-¿No estás preocupado?
-¿Por qué?
-¿Sabes?, por tu futuro, por el futuro de los niños…- agregué.
Bueno, hago lo mejor que puedo, pero el resto está en manos de Dios
-Pero –dije yo- ¿y qué hay de tu enfermedad?; te hace sufrir, ¿no es cierto?
-Un poco; tenemos que tomar la vida como viene –fue su respuesta.

Jamás lo vi de mal ánimo. Pues bien, un día, cuando estaba hablándole, me di cuenta de que estaba en presencia de un místico, me di cuenta de que estaba en presencia de la vida. ¡Él estaba allí! ¡Estaba vivo! Yo estaba muerto…Era un hombre que era plenamente él mismo, de acuerdo con aquellas bellas palabras de Jesús: “Mirad los cuervos del cielo, que no siembran ni cosechan…; mirad los lirios del campo, que no hilan ni tejen…” (Lc. 12, 24 y 27; Mt 6, 26); ellos no se preocupan ni por un momento del futuro; no como tú. Ramchandra estaba allí mismo. No sé, hoy seguramente estará muerto. Mi encuentro con él fue muy breve, en Calcuta; y después seguí hasta donde vivo ahora, hacia el sur de la India.

Está en la Biblia: “ Mirad los lirios
del campo, que no hilan ni tejen…”

¿Qué le sucedió a esta hombre? No lo sé. Pero sé que conocí a un místico. Era una persona extraordinaria; descubrió la vida, la redescubrió.

Esa extraña cosa: la mente humana

Muchas veces pensé qué cosa tan extraña es la mente humana. Ha inventado la computadora, ha desintegrado el átomo, ha hecho posible enviar naves al espacio, pero, ¿no ha solucionado el problema del sufrimiento humano, de la angustia, la soledad, la depresión, el vacío, la desesperación! Honestamente no creo que tú estés libre de todos esos sentimientos. ¿Cómo puede ser que no hayamos encontrado la solución para ellos? Hemos logrado toda clase de adelantos tecnológicos. ¿Ha elevado esto nuestra calidad de vida en una sola pulgada? ¡No!, ni en una pulgada. Tenemos – eso sí- más comodidad, más velocidad, más placeres, más entretenimientos, más erudición, mayores adelantos tecnológicos. Pero, ¿se ha logrado superar en algo la soledad, el vacío, la congoja, la avaricia, el odio, los conflictos? ¿Hay menos lucha, menos crueldad? Yo pienso que estamos peor…

Tenemos a mano la solución del
problema de la felicidad. ¿Por qué no
la usamos? No la queremos

La tragedia es, tal como lo descubrí diez o doce años atrás, que ¡el secreto se ha encontrado! Tenemos la solución a mano. ¡Por qué no la usamos? No la queremos. Ése es el motivo, ¿lo crees? ¡No la queremos! ¡No la queremos! Imagina que yo le diga a alguien:
-Mira, voy a darte una fórmula que te va a hacer feliz por el resto de tu vida; disfrutarás cada minuto del resto de tu vida…
Imagina que te digo eso a ti…Te lo diré, te daré la fórmula. ¿Sabes lo que
probablemente me responderás?
-¡No me la diga! ¡Basta! No quiero oírlo.
La mayoría de la gente no quiere escuchar la fórmula, aunque ni siquiera debe aceptarla por fe… Voy a demostrarte que es así.

Alrededor de seis meses atrás, el verano pasado, estuve en Saint Louis, Missouri, para dar una especie de seminario de fin de semana. Había allí un sacerdote, que se me acercó y me dijo:
-Acepto cada una de las palabras que usted ha dicho durante estos tres días, cada una de las palabras…,¿y sabe por qué? No porque haya hecho lo que usted os alentó a hacer: seccionar, frotar, raspar y analizar. No.
Y me explicó:
-Unos tres meses atrás, asistí a una víctima del sida en su lecho de muerte. Y el hombre me contó lo siguiente: “Padre, hace seis meses, el doctor me dijo que yo tenía seis meses de vida, y yo lo creí.” ¡Cuánta razón había tenido!, pues el hombre se estaba muriendo. ¿Sabe algo, padre? Éstos han sido los seis meses más felices de toda mi malgastada vida..¡los más felices! En realidad, nunca había sido feliz hasta estos seis meses, dijo, y abandoné la tensión, la presión, la ansiedad, la esperanza y, en lugar de caer en la desesperación, finalmente fui feliz.”

Y el sacerdote concluyó:
-¿Sabe?, muchas veces he reflexionado sobre las palabras de aquel hombre. Cuando lo escuché a usted este fin de semana, pensé: “Este hombre ha vuelto a vivir. Usted está diciendo exactamente lo que él dijo…”

Aprende a contentarte
con lo que tienes,
aprende a ser autosuficiente.

Donde empieza el camino

Otro hombre también sabía esto. En la Epístola a los Filipenses, san Pablo dice: “He aprendido a contentarme con lo que tengo…” (Flp 4, 1 1). ¡Está en la Biblia! La fórmula está en la Biblia. Yo te explicaré cómo ponerla en práctica, aunque la manera de hacerlo está allí también; la fórmula está completa…Esto es lo que dice san Pablo: “He aprendido a contentarme con lo que tengo…he aprendido a ser autosuficiente.” (Me achacarán quizá que la Biblia no dice “autosuficiente”; pero éste no será más que el comienzo de los ataques.) “He aprendido a ser autosuficiente” significa: “Sé andar escaso y sobrado. Estoy avezado a todo y en todo: a la saciedad y al hambre, a la abundancia y a la privación. Todo lo puedo en Aquel que me conforta.”

Un poco antes dice san Pablo: “Regocijaos en el Señor, siempre, regocijaos.” Yo lo repito: “Regocijaos.” Pienso en Ramchandra en Calcuta, pienso en aquella víctima del sida en Saint Louis. A eso se refiere san Pablo. ¡Lo había leído durante toda mi vida y nunca lo había entendido! Sus palabras se dirigían a mí y yo no las había comprendido. Bueno, supongamos que tú quieres comprenderlas, ¿qué debes hacer? Primero, deberás entender un par de verdades acerca de ti mismo. Luego, te arrojaré la fórmula, para que hagas lo que quieras con ella.

¿Qué debes entender acerca de ti mismo? Ante todo, que tu vida es un enredo. ¿No te gusta oírlo? Bueno, quizá eso prueba que es cierto. Tu vida es un enredo. Quizás me dirás: -Puede ser. Si eres como la persona promedio con la que me tropecé siempre, tu vida es un enredo.
Me dirás:
-¿Qué significa eso de que mi vida es un enredo? Me va muy bien en mis estudios, tengo padres buenos, tengo buenas relaciones con mi familia, tengo un novio (o una novia, según sea el caso), todos me quieren, me va bien en el deporte y tengo una carrera muy brillante por delante.

Ante todo, tu vida es un enredo.
¿No te gusta oírlo? Bueno,
quizás eso prueba que es cierto.

-Oh, ¿Sí?
-Sí.
-¿Piensas que tu vida no es un enredo?
Respondes:
-No.
-Oh, dime –aquí está la prueba de fuego-, ¿nunca te sientes solo?, ¿tienes alguna congoja?,
¿alguna vez te alteras por algo?
-¿Quiere decir que no debemos alterarnos?
-¿Quieres la respuesta limpia, clara y sencilla?
-¡Sí!
-¡No!
-¿Quiere decir: no alterarse por nada?
-Correcto, me oíste: ¡no!
-¡Cállese! No quiero escuchar más.
-¿Comprendes lo que quiero decir?
-No.

Como la mayoría de la gente, tienes una teoría: “Debes perturbarte o no eres humano.” Muy bien, adelante entonces, pertúrbate. Buena suerte. ¡Adiós!

Enseñar a cantar a los cerdos…?

Hay un delicioso refrán de un autor norteamericano, que cito frecuentemente: “No le enseñes a cantar a un cerdo: pierdes el tiempo e irritas al cerdo.” He tenido que aprender la lección y he abandonado mis intentos de enseñar a cantar a los cerdos. Ahora planteo:
-¿No quieres escuchar lo que digo? ¡Adiós!…
Ninguna discusión. No discuto. Estoy listo para explicar, listo para aclarar: ¿por qué tratar de discutir? No vale la pena. De modo que pregunto:
-¿Alguna vez sufriste algún conflicto interno? ¿Quieres decir que todas tus relaciones están bien?, ¿con todos?
-Bueno, no.
-Tu vida es un enredo. ¿Quieres decir que disfrutas de cada minuto de tu vida?

-Bueno, no del todo.
-¿Comprendes lo que te dije?…es un enredo.
-¡Eh! Espere un minuto, ¡la encarnación…!
-Sí, sí… ¡Adiós! “Después te veo, bicho feo.”
¿Por qué discutir? Mejor afirmar:
_No estoy interesado en discutir contigo. Punto. Lo sé porque lo estuve haciendo todo el tiempo. No estoy interesado en discutir. O enfrentas el hecho de que tu vida es un enredo en discutir. O enfrentas el hecho de que tu vida es un enredo o no lo haces: ¿No quieres enfrentarlo? No tengo nada que decirte. Y “tu vida es un enredo” significa que estás acongojado, por lo menos ocasionalmente, te sientes solo, este vacío te está mirando fijamente, estás asustado…¿estás asustado?

-Sí.
-Tu vida es un enredo.
-¿Quiere decir que se supone que no debemos tener miedo?
-No, señor (o señora, según sea el caso); ¡no!, se supone que no debemos tener miedo.
-¿De nada?
-De nada.
-Pero Mahoma…
Perdón, nos ocuparemos de Mahoma luego, ¿está bien? Hablemos de ti…¿No sabes lo que significa ser intrépido, no tener miedo? La tragedia es que no crees que lo puedes lograr. Sin embargo, ¡es tan fácil! Como te dijeron que no se puede lograr, nunca tratas de ser intrépido. Pero a lo largo de toda la Biblia está dicho que es posible y tú no lo comprenderás, porque te han dicho que no se puede lograr.

A lo largo de toda la Biblia
está dicho que se puede perder
el miedo y encontrar la felicidad.

-¿Estás angustiado por el futuro? ¿Tienes algún resabio de angustia, de preocupación, de desconcierto?
-Sí.
-¡Estás en un enredo! ¿Qué te parece? ¿Quieres aclararlo? Yo podría aclararlo en cinco minutos, si tu grado de preparación es adecuado. No tienes que mudarte de esa silla; sentado en ella podrías resolverlo en cinco minutos. No se trata de un recurso publicitario. Lo digo en serio: es algo tan sencillo y tan terriblemente importante que la gente no le acierta. Y tú lo puedes alcanzar.

Estamos “sentados”sobre una mina de diamantes y no lo sabemos

-¿Sabes cómo se descubrieron las minas de diamantes en Sudáfrica? Es una historia muy interesante; la he leído hace algún tiempo. Un hombre blanco, sentado en la choza del jefe de una aldea de nativos, en Sudáfrica, vio cómo los chicos jugaban con cosas parecidas a bolitas.  De pronto, su corazón se sobresaltó al darse cuenta de que, en realidad, eran diamantes.  Recogió un par de ellos,…¡diamantes! Entonces, le dijo al jefe de la aldea:
-¿Podría darme alguna de estas bolitas? ¡Usted sabe!, tengo chicos en casa que también juegan a esta clase de juego, y las suyas son algo diferentes…¿Podría usted…? A cambio, yo estaría dispuesto a darle una bolsa de tabaco.
El jefe rió y dijo:

-Mire, eso sería un abuso de mi parte; quiero decir, sería un verdadero robo aceptar su tabaco a cambio de estas cosas. Tenemos miles de ellas aquí.
Y le dio una canasta llena. Luego, el blanco regresó a su país, volvió con mucho dinero, compró todas las tierras del lugar y en diez años fue el hombre más rico del mundo. Esta historia real es como una parábola.

Reflexiono sobre mi propia vida y pienso: “¿Por qué la desperdicié?” ¡La desperdicié en toda clase de cosas maravillosas, ¡créeme !: ministerios pastorales, emprendimientos teológicos, servicios litúrgicos, etcétera. Nosotros, los sacerdotes, cuanto más ocupados estamos en las cosas de Dios, más probable es que olvidemos lo que significa Dios, y más probable es que nos volvamos más complacientes. (¡Ésta es la historia de Jesús! ¿Quiénes hicieron a un lado a Jesús? Los sacerdotes. ¿Quién más? La gente religiosa.) Entonces, ahora pienso: “¡Desperdicié la vida! No tengo ni un minuto para arrepentirme. ¡Para qué perder siquiera un minuto en lamentar el pasado!” ¿No es así? Pero el hecho es que la desperdicié.

No es demasiado tarde

Recuerdo aquella hermosa historia del pescador que salió temprano, por la mañana, para pescar, cuando aún estaba oscuro. Su pie tropezó con algo que parecía una bolsa, que probablemente había llegado arrastrada por la marea, desde algún barco naufragado. La recogió, la abrió y se dio cuenta de que contenía pequeñas piedras; las agarró y se entretuvo, hasta el amanecer, arrojándola lejos, en el mar, para ver si podía calcular, por el ruido que producían, la distancia a que había lanzado cada una. Pues bien, cuando comenzó a amanecer, miró dentro de la bolsa y vio allí tres piedras preciosas. ¡Dios!. ¡había estado llena de piedras preciosas y él no se había dado cuenta! ¡Demasiado tarde!, demasiado tarde…¡No
era demasiado tarde! ¡Quedaban tres piedras todavía! No era demasiado tarde, no era demasiado tarde…

Supongamos que a aquellos nativos “sentados” sobre aquellas minas de diamantes, muertos de hambre, con sus chicos desnutridos, dedicados a buscar comida, a mendigar, alguien les dijera:
-¡No vendan esa propiedad, hay en ella minas de diamantes! ¿Ven esto?
¡Es un diamante! Pueden venderlo, pueden obtener 100.000 dólares por esto…
Ellos dirían, seguramente:
-Eso no ser diamante; eso ser piedra.
En su mente eso es una piedra; se niegan a escuchar.
-¡No!, eso es una piedra.
Ésa es la actitud de las personas en todas partes: no quieren oír, no quieren escuchar. Tú le dices:
-La vida es extraordinaria, la vida es maravillosa; tú podrías disfrutarla; no tendrías ni un minuto de tensión, ni uno, ninguna presión, ninguna ansiedad. ¿Lo deseas?
-¡No es posible! ¡Nunca se ha logrado! ¡No puede lograrse! – será tu respuesta.
No hay ningún espíritu de búsqueda, de investigación, como ser:
-¡Tratemos de averiguar! Tratemos…
¡No, no, no! Esto no es lo que sucede. En cambio, dices:
– No puede lograrse.

La última cosa que quiere
un paciente es la cura;
no quiere curarse, busca alivio.

-No quiero oírte.
-Un sacerdote me ha dicho que no puede lograrse; mi psicólogo me dice que no puede lograrse…¡Usted viene a decir que puede lograrse! ¡Fuera!
¡Mala suerte!
Pues bien, entonces, lo que ahora te planteo es si estás preparado para admitir que tu vida es un enredo. Luego –y esto es un poco más duro-, sostengo que tú no quieres salir del enredo. Habla con cualquiera que merezca el nombre de “psicólogo” y lo confirmará: la última cosa que quiere un paciente es la cura; no quiere curarse, busca alivio. Eric Berne, uno de los grandes psiquiatras norteamericanos, lo expresa muy gráficamente. Imagina tú un paciente que está metido hasta sus narices en una letrina y pide ayuda. ¿Sabes lo que dice?:
-¿Podrían ayudarme a que la gente no haga olas?

-¿No quiere salir?
-¡Oh, no! ¡No, no! ¿Salir? ¡Por Dios! ¡No! ¡Sólo ayúdenme a que no hagan olas!
Eso es lo que él quiere. No quiere salir.
¿Quieres hacer una prueba contigo mismo? Te daré un par de minutos; podrás hacerla ahora mismo. Bien, aquí va:

-Suponte que pudieras ser inmensamente feliz, pero renunciando a obtener tu título de profesional. ¿Estás preparado para cambiar ese título por felicidad? No conseguirás esa novia (o ese novio, según sea el caso). ¿Estás preparado para cambiarla (o cambiarlo) por felicidad? ¿Sabes algo?: no alcanzarás el éxito. Fracasarás, y todos dirán: “¡Es un vagabundo!” Pero serás feliz, serás inmensamente feliz. ¿Estás preparado para cambiar la “buena opinión” de la gente con ese fin?

-¡Oh, no!
-Te daré tiempo para pensar en eso más adelante.

Preferimos ser desdichados

Cuando el verano pasado estuve en Siracusa, estado de Nueva York, vi un simpático aviso, en un diario, en el cual aparecía una chica tomada de la mano de un chico; y ella decía:
“No quiero ser feliz. Las únicas personas felices que conozco están en un manicomio. Yo quiero ser desdichada contigo.” ¿Comprendes lo que quiero decir?
-Yo no quiero ser feliz, quiero ser desdichada contigo.

¿Estás preparado para cambiar éxito por felicidad?

La gente no quiere salir de eso; no quiere, no quiere.
-No quiero felicidad; quiero fama. No quiero felicidad; quiero esa medalla de oro en los juegos olímpicos.
Supón que te diga:
Ira, deja de lado la medalla de oro; ¡serás feliz, maldición! ¿Para qué quieres esa medalla?
¿Para qué quieres ser el número uno, el jefe de la corporación? ¡Te haré feliz! Con 10.000 dólares por año, ¡te haré feliz!
¡No, no, no, no! Dame mi dinero, mi dinero, mi dinero, mi dinero, mi dinero…
¿Comprendes ahora lo que quiero decir? Ahora estás cayendo en la cuenta: ellos no quieren ser felices; ellos no quieren vivir; ¡quieren dinero!

¿Se te ha ocurrido alguna vez que aquello que llamas tu felicidad es en realidad tu cadena? Simplemente piensa: ¿A qué llamas tu felicidad? ¿Consideras que tu felicidad es alguien ( “tú eres mi dicha”), que es tu matrimonio, tus negocios, tu título, lo que sea? ¿Dónde encuentras tu felicidad?, ¿en quién encuentras tu felicidad? ¡En tu prisión! Éste es un lenguaje duro, y ¿quién puede escuchar estas palabras? Pero reflexiona sobre esto, “secciona, raspa, funde”:

¿Se te ha ocurrido alguna vez
que aquello que llamas tu felicidad
es en realidad tu cadena?

¿Recuerdas a Ramchandra, el hombre que tiraba del ricksha? ¡Vivía como un rey! ¡Lo digo en serio! Aunque la ayuda externa, de los demás, es buena, él no la necesitaba…, no para vivir. Necesitaba ayuda externa para estar cómodo, para estar sano.., no para vivir. Él podría haberla necesitado para alcanzar una larga vida, si es que a eso se lo puede llamar vida. Sería tener una larga existencia, no vivir. Él vivía. Yo estaba muero. Él sabía qué era la vida…Era feliz. Era como “los cuervos del cielo y los lirios del campo…”. Era una encarnación del Sermón de la Montaña. Todo eso estaba allí, en el Sermón de la Montaña…
Yo lo descubrí más tarde. Está todo allí. ¡Yo no lo había visto!…Y él vivía como un rey.

¿Qué significa vivir como un rey? ¿Sabes lo que los necios piensan que eso significa? (y el mundo está lleno de ellos, créeme). ¡Necios! ¿Sabes lo que ellos creen que eso significa? Significa trasladarse en coches de lujo, recibiendo las cortesías y el saludo de todos…, y toda esa clase de basura, toda esa clase de desperdicios, como ver aparecer sus nombres en los titulares. Creen que significa tener poder sobre la gente…Creen que eso significa vivir como un rey. Voy a decirte lo que yo creo que significa: ellos no viven como reyes; son esclavos.
¡Están aterrorizados! ¡Mira sus caras en la televisión, por Dios! Esos reyes y reinas, y esos presidentes… y todos los demás. ¡Míralos en la televisión y te darás cuenta enseguida! ¡Tienen miedo! ¿Sabes por qué tienen miedo? Porque quieren poder; porque quieren prestigio, quieren una reputación. No viven como reyes. Yo te diré qué significa “vivir como un rey” : no saber en absoluto de ansiedades, de conflictos internos, vivir sin tensiones, sin presiones, sin desconcierto, sin congoja. ¿Qué queda entonces? Felicidad pura, sin diluir.

“Vivir como un rey” significa
no saber en absoluto de
ansiedades, de conflictos internos,
vivir sin tensiones, sin presiones,
sin desconcierto, sin congoja.

La felicidad está en uno mismo

La gente a veces se pregunta: “¿Qué hago para ser feliz?” Tú no haces nada para ser feliz, necio. Eso muestra cuán mala ha sido tu educación teológica, que crees que debes hacer algo para ser feliz. No debes hacer nada para ser feliz. No puedes adquirir la felicidad, ¿sabes por qué? ¡Porque la tienes! ¡La tienes! ¡La tienes en este mismo momento! ¡La tienes! ¡Pero estás todo el tiempo obstruyéndola, en tu necedad! La obstruyes. Deja de obstruirla y la tendrás. Si yo pudiera mostrarte cómo librarte de tus conflictos, tus ansiedades, tus tensiones, tus presiones, tu vacío, tu soledad, tu desesperación, tu depresión, tu congoja…, te liberarías de todo eso. ¿Qué te quedaría? La felicidad pura, sin diluir. Eso es lo que tienes.

Los chinos lo dicen de una manera hermosa: “Cuando el ojo no está obstruido, el resultado es la visión; cuando el oído no está obstruido, el resultado es la audición; cuando la boca no está obstruida, el resultado es el gusto. “ Y yo agrego: “Cuando la mente no está obstruida, el resultado es la verdad; y cuando el corazón no está obstruido, el resultado es la dicha…y el amor.” Tú tienes todos estos sentidos y sentimientos, pero están obstruidos.  Elimina la obstrucción.

Ahora me ocuparé del segundo planteo: tú no quieres salir del enredo. Quieres comodidad, quieres tus pequeñas pertenencias, las pequeñas cosas que la sociedad te ha enseñado que son esenciales para la felicidad y que son las cosas que crean el enredo. Son falsedades. Eso es lo que tú deseas, de modo que por eso no quieres salir del enredo.

Pero hay algo más: el enredo existe también porque tienes ideas equivocadas, no porque algo esté mal en ti. ¿Tú estás bien!…y yo estoy bien, tú estás bien…, ¡estamos todos bien! No nos pasa nada malo, pero han puesto ideas equivocadas en nuestras cabezas. Alguien lo hizo. No debemos perder demasiado tempo tratando de apresar al culpable. De cualquier manera, el hecho es que tú tienes ideas equivocadas sobre la vida. Si alguien te diera un equipo estereofónico, te daría también el manual de instrucciones que lo acompaña. Pues bien, no nos entregaron un manual de instrucciones cuando nos dieron el don de la vida. O, mejor dicho: nos dieron luego un manual de instrucciones, pero ¡estaba completamente equivocado! Por eso, ustedes no escuchan la música de la vida; reciben sonidos “ásperos”.  Reciben desconcierto, conflictos, soledad, vacío. ¡Eso también está dicho el la Biblia! Pero muy pocas personas la leen realmente. Creen que lo hacen, pero no captan el quid, la esencia.  Yo no comprendí el quid. Quizás yo sea un reverendo pelmazo, pero he descubierto que muchos me acompañan. Ellos tampoco comprendieron el quid, ¡no lo entendieron!

La fórmula de la felicidad

¿Cuál es el quid? Bueno, hay muchas maneras de presentar la fórmula; yo te daré la más sencilla que pude encontrar. Voy a utilizar las palabras del viejo Buda. ¿Por qué lo elegí

El enredo existe también
porque tienes ideas equivocadas,
no porque algo esté mal en ti.

a él? Porque su fórmula es la más sencillas de todas y él la enuncia con límpida claridad. Aunque no estés de acuerdo con ella, no puedes dejar de comprenderla. Dice así: “El mundo está lleno de sufrimiento; la raíz del sufrimiento es el deseo; la supresión del sufrimiento es la eliminación del deseo. “¡Oh, imagino tu cara! Es hermoso lo que sucede:
estás pensado… ¿Eso es magnífico!, ¡Es magnífico!…Y estás pensando
equivocadamente…¡Eso es horrendo! Sin embargo, ¿No es maravilloso? Porque bien sé cómo yo reaccionaba ante esto. Me decían:

-“El mundo está lleno de sufrimiento…”
-¡Magnífico, correcto, de acuerdo!
-“…la raíz del sufrimiento es el deseo…”
-¡Bueeno…! ¿Correcto? ¿Qué conclusión sacarán otros?
-“…la supresión del sufrimiento es la eliminación del deseo.
-¿Entonces voy a ser un vegetal? Quiero decir: ¿cómo podremos vivir sin deseos?
Así pensaba yo. ¿Lo comprendes?
-Entiendo, entiendo…

PARA SEGUIR LEYENDO ESTE PEQUEÑO EXTRACTO DEL LIBRO “MEDICINA DEL ALMA” DE ANTHONY DE MELLO, PUEDE DESCARGAR EL ARCHIVO PDF De Mello Antony – Medicina del alma.

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s