TODA LA CREACIÓN TOMA VENGANZA, LA GRAN TRIBULACIÓN

Mat 24:21 Porque habrá entonces una gran tribulación, cual no la ha habido desde el comienzo del mundo hasta ahora, ni la habrá jamás.

Dan 12:1 En aquel tiempo se levantará Miguel, el gran príncipe que está de parte de los hijos de tu pueblo, y será tiempo de angustia, cual nunca fue desde que hubo gente hasta entonces. Pero en aquel tiempo será libertado tu pueblo, todos los que se hallen escritos en el rollo.

Apo 7:14 Y le he dicho: Señor mío, tú lo sabes. Me dijo: Éstos son los que salen fuera de la gran tribulación, y lavaron sus ropas y las blanquearon en la sangre del Cordero.

La séptima trompeta era la señal de que “no habría más demora” (véase Apocalipsis 10:6-7). El tiempo se había acabado; la ira en su máxima expresión había llegado a Israel. Desde este punto en adelante, Juan abandona el lenguaje y las imágenes de una mera advertencia. La destrucción de Jerusalén es segura, así que el profeta se concentra por entero en el mensaje de su inminente destrucción. Al describir el destino de la ciudad, Juan extiende e intensifica las imágenes del éxodo que ya han sido tan penetrantes durante toda la profecía. Juan habla de “la gran ciudad” (16:19), recordándoles a sus lectores una referencia anterior: “la gran ciudad, que espiritualmente se llama Sodoma y Gomorra, donde también el Señor fue crucificado” (11:18). A Jerusalén se le llama Sodoma a causa de su apostasía sensual y lujuriosa (véase Ezequiel 16:49-50), y porque está destinada a la total destrucción como un holocausto total (Génesis 19:24-28; Deuteronomio 13:12-18). Pero las metáforas más usuales de Juan en relación a la gran ciudad son tomadas del patrón de Éxodo: Jerusalén es, no sólo Egipto, sino también los otros enemigos de Israel. Juan ha mostrado al dragón egipcio persiguiendo a la mujer en dirección al desierto (Apocalipsis 12); un Balac y un Balam redivivos tratando de destruir al pueblo de Dios por medio de la guerra y la seducción que conduce a la idolatría (Apocalipsis 13); los ejércitos sellados del nuevo Israel reunidos en el Monte Sión para celebrar las fiestas (Apocalipsis 14); y los santos de pie y triunfantes a orillas del “Mar Muerto”, cantando el cántico de Moisés (Apocalipsis 15). Ahora, en el capítulo 16, los siete juicios correspondientes a las diez plagas de Egipto han de ser derramados sobre la gran ciudad.

Hay también una marcada correspondencia entre estos juicios de los cálices y los juicios de las trompetas del capítulo (1). Debido a que las trompetas eran esencialmente advertencias, sólo afectan una parte de la tierra; dentro de las copas, la destrucción es total.

Cálices

Sobre la tierra, ésta se convierte en pústulas (16:2).

Sobre el mar, éste se convierte en sangre (16:3).

Sobre los ríos y fuentes, éstos se convierten en sangre (16:4-7).

Sobre el sol, hacen que éste queme (16:8-9).

Sobre el trono de la bestia, causando oscuridad (16:10-11).

Sobre el Éufrates, éste se seca para preparar el camino para los reyes del oriente; la invasión de los demonios en forma de ranas; Armagedón (16:12-16).

Sobre el aire, causando tormentas, terremotos, y granizo (16:17-21).

Trompetas

Sobre la tierra: 1/3 de la tierra, los árboles, la hierba quemada (8:7).

Sobre el mar: 1/3 del mar se convierte en sangre; 1/3 de las criaturas del mar mueren, 1/3 de las naves son destruidas (8:8-9).

Sobre los ríos y las fuentes: 1/3 de las aguas se convierten en ajenjo (8:8-11).

Se oscurece 1/3 del sol, la luna y las estrellas (8:12).

Las langostas demoníacas atormentan a los hombres (9:1-12).

El ejército del Éufrates mata 1/3 de la humanidad (9:13-21).

Voces, tormenta, terremoto, granizo (11:15-19).

Plagas de Egipto

Úlceras (sexta plaga; Éxodo 9:8-12).

Las aguas se convierten en sangre (primera plaga: Éxodo 7:17-21).

Las aguas se convierten en sangre (primera plaga: Éxodo 7:17-21).

Oscuridad (novena plaga: Éxodo 10:21-23).

Langostas (octava plaga: Éxodo 10:4-20).

Invasión de ranas de los ríos (segunda plaga: Éxodo 8:2-4).

Granizo (séptima plaga: Éxodo 9:18-26).

Una gran voz que sale desde el templo da la orden que autoriza los juicios de llos cálices (Apocalipsis 16:1). Nuevamente, Juan subraya un punto básico de su profecía: que estas terribles plagas se originan tanto en Dios como en la iglesia (véase 15:5-8). Estos son juicios de Dios en respuesta a las oraciones de sus santos.

He llamado a estos siete recipientes cálices (más bien que copas [KJV] o fuentes [NASVD] para subrayar su naturaleza como “sacramentos negativos”. Desde una perspectiva, la sustancia de los cálices (la ira de Dios, que es “pura”, véase 14:10) parece ser fuego, y en consecuencia, varios comentaristas han considerado estos recipients como incensarios (como en 5:8; véase 8:3-5). Pero los impíos son condenados en 14:10 a “beber del vino de la ira de Dios, que es echado puro en el cáliz de su ira”; y, cuando las plagas se derraman, el “ángel de las aguas” se alegra de lo apropiado de la justicia de Dios: “Porque ellos derramaron la sangre de los santos y los profetas, y tú ls has dado a beber sangre” (16:6). Algunos versículos más adelante, Juan vuelve a la imagen de “el cáliz del vino del ardor de su ira” (16:19). Lo que está sirviendo de modelo en el cielo para instrucción de la iglesia en la tierra es la excomunión final del Israel apóstata, cuando la comunión del cuerpo y la sangre del Señor le sea por fin negada. Los pastores-ángeles, a los que se les han confiado las sanciones sacramentales del nuevo pacto, son enviados desde el mismo templo celestial, y desde el trono de Dios, para que derramen sobre ella la sangre del pacto. Jesús advirtió a los rebeldes de Israel que Él les enviaría sus mártires para que fuesen muertos, “para que caiga sobre vosotros toda la sangre justa derramada en la tierra, desde la sangre del justo Abel hasta la sangre de Zacarías, hijo de Berequías, a quien matásteis entre el templo y el altar. De cierto os digo, que todas estas cosas vendrán sobre esta generación” (Mateo 23:35-36). Beber sangre es inevitable: o los ministros del nuevo pacto nos la sirven en la eucaristía, o la derramarán de sus cálices sobre nuestras cabezas.

En consecuencia, siete ángeles salen del templo (véase 15:1) y se les dice que viertan los cálices de la ira de Dios: la Septuaginta usa este verbo (ekcheo) en las instrucciones para los sacerdotes para que derramen la sangre del holocausto alrededor de la base del altar (véase Levítico 4:7, 12, 18, 25, 30, 34; 8:15; 9:9). El término está usado en Ezequiel para referirse a la fornicación del Israel apóstata con los paganos (Ezequiel 16:36; 23:8), o su derramamiento de sangre inocente por medio de la opresión y la idolatría (Ezequiel 22:3-4, 6, 9, 12, 27), y la amenaza de Dios de derramar su ira sobre Israel (Ezequiel 14:19; 20:8, 13, 21; 21:31; 22:27). En el Nuevo Testamento, se usa de manera similar en contextos paralelos con temas principales en Apocalipsis: el derramamiento del vino (Mateo 9:17; Marcos 2:22; Lucas 5:37), el derramamiento de la sangre de los mártires (Mateo 23:35; Lucas 11:50; Hechos 22:20; Romanos 3:15, y el derramamiento del Espíritu Santo (Hechos 2:17-18, 33; 10:45; Romanos 5:5; Tito 3:6; véase Joel 2:28-29; Zacarías 12:10).

Todas estas diferentes asociaciones están en el trasfondo de este derramamiento de plagas sobre la tierra que ha derramado la sangre de Cristo y de sus testigos, la gente que resistió y rechazó el Espíritu. Los antiguos odres de Israel están a punto de reventar.

EL PRIMER CÁLIZ

Al derramar el primer ángel su cáliz sobre la tierra (Apocalipsis 16:2), “vino una úlcera maligna y pestilente sobre los hombres que tenían la marca de la bestia, y que adoraban su imagen”. La úlceras son una retribución apropiada para la apostasía, y el hecho de que Dios ponga el sello de su ira sobre los que llevan la marca de la bestia. Así como Dios había derramado úlceras sobre los impíos egipcios que rendían culto al estado, que persiguieron a su pueblo (Éxodo 9:8-11), así también stá enviando plagas sobre estos adoradores de la bestia en la tierra de Israel – el pueblo del pacto que ahora se han convertido en perseguidores de la iglesia, semejantes a Egipto. Esta plaga es mencionada específicamente por Moisés en su lista de las maldiciones del pacto por idolatría y apostasía: “Jehová te herirá con la úlcera de Egipto, con tumores, con sarna, y con comezón de que no puedas ser curado. … Jehová te herirá con maligna pústula en las rodillas y en las piernas, desde la planta de tu pie hasta tu coronilla, sin que puedas ser curado” (Deuteronomio 28:27, 35).

EL SEGUNDO CÁLIZ

El segundo ángel derrama su cáliz en el mar (apocalipsis 16:3), y se convierte en sangre, como en la primera plaga de Egipto (Ëxodo 7:17-21) y la segunda trompeta (Apocalipsis 8:8-9). Sin embargo, esta vez la sangre no corre en arroyos, sino que es como la sangre de un muerto: tiene grumos, está coagulada, y putrefacta. La sangre se menciona cuatro veces en este capítulo; cubre la faz de Israel, derramándose sobre los cuatro rincones de la tierra.

Aunque el significado principal de esta plaga es simbólico, pues se refiere a la impureza del contacto con la sangre y la muerte (véase Levítico 7:26-27; 15:19-33; 17:10-16; 21:1; Números 5:2; 14:11-19), existen estrechos paralelos con los eventos reales de la gran tribulación. En una ocasión, miles de rebeldes judíos huyeron hacia el mar de Galilea de la matanza de Tariquea por parte de los romanos. Haciéndose a la mar sobre el lago en pequeños y frágiles botes, pronto fueron perseguidos y alcanzados por las resistentes balsas de las fuerzas superiores de Vespasiano. Entonces, como cuenta Josefo, fueron masacrados sin misericordia: “Los judíos no podían, ni escapar hacia tierra firme, donde todos estaban en armas contra ellos, ni presentar batalla naval en igualdad de términos. … Les sobrevino el desastre, y fueron enviados al fondo, con botes y todo. Algunos trataron de salir a flote, pero los romanos les alcanzaron con sus lanzas, matando a otros al saltar sobre las barcas y atravesando a los ocupantes con sus espadas; algunas veces, al acercarse las balsas, los judíos eran atrapados en medio y capturados junto con sus botes. Si algunos de los que se habían lanzado al agua salían a la superficie, pronto eran despachados con una flecha, o una balsa leds alcanzaba; si, en su desesperación, intentaban subir a bordo de las balsas del enemigo, los romanos les cortaban las cabezas o las manos. Así que estos miserables morían en todas partes en incontables números y de todas las maneras posibles, hasta que los sobrevivientes eran derrotados y empujados hacia la orilla, sus barcas rodeadas por el enemigo. Al lanzarse sobre ellos, muchos eran alanceados mientras todavía estaban en el agua; muchos saltaban a la orilla, donde eran muertos por los romanos.

“Se podía ver el lago entero manchado de sangre y atestado de cadáveres, porque ni uno solo escapó. Durante los días que siguieron, un horrible hedor flotaba sobre la región, la cual presentaba un espectáculo igualmente horrendo. Las playas estaban llenas de escombros y cuerpos hinchados, los cuales, calientes y pegajosos por la descomposición, hacían el aire tan fétido que la catástrofe que sumergió a los judíos en el luto era repugnante aun para los que lo la habían causado” (The Jewish War, iii, x. 9).

EL TERCER CÁLIZ

La plaga del tercer cáliz (Apocalipsis 16:4-7) se parece más directamente a la primera plaga de Egipto (y a la tercera trompeta: véase 8:10-11), pues afecta “los ríos y las fuentes de las aguas”, convirtiendo en sangre toda el agua de beber. El agua es símbolo de vida y bendición durante toda la Escritura, comenzando desde la historia de la creación y el jardín de Edén. En esta plaga, las bendiciones del paraíso son invertidas y convertidas en pesadilla; lo que una vez fue puro y limpio se convierte en contaminado y corrompido por la apostasía.

El “ángel de las aguas” responde a esta maldición alabando a Dios por su justo juicio: “Justo eres tú, que eres y que eras, el Santo, porque juzgaste estas cosas”. No debemos avergonzarnos de un pasaje como éste. La Biblia entera está escrita desde la perspectiva del personalismo cósmico – la doctrina de que Dios, que es personalidad absoluta, está constantemente activo a través de su creación, haciendo que todas las cosas ocurran inmediatemente por su poder y mediatamente por medio de sus siervos angélicos. No existe tal cosa como “ley natural”; sería mejor que hablásemos de los “hábitos de pacto de Dios”, o el orden habitual que Dios impone a su creación a través de las acciones de sus ángeles. Nuestras ciencias no son otra cosa que el estudio de los patrones habituales de la actividad personal de Dios y sus mensajeros celestiales.

De hecho, esto es precisamente lo que garantiza la validez y la confiabilidad tanto de la investigación científica como de la oración. Por una parte, los ángeles de Dios tienen hábitos – una danza cósmica, una liturgia que envuelve cada uno de los aspectos del universo entero, en los cuales puede confiarse en todas las actividades tecnológicas del hombre, mientras ejerce dominio en el mundo bajo la autoridad de Dios. Por otra parte, los ángeles de Dios son seres personales, llevando a cabo sus órdenes constantemente; en respuesta a nuestras peticiones, Dios puede ordenar a los ángeles que cambien la danza, y lo hace.

Hay, pues, un “ángel de las aguas”; y él, junto con toda la creación personal de Dios, se regocija en el justo gobierno del mundo. La estricta justicia de Dios, resumida en el principio de ojo por ojo (Éxodo 21:23-25), queda evidenciada en este juicio, porque el castigo se ajusta al crimen: “Derramaron la sangre de los santos y los profetas”, exclama el ángel de las aguas, “y les has dado a beber sangre”. Como hemos visto, el crimen característico de Israel fue siempre el asesinato de los profetas (véase 2 Crónicas 36:15-16; Lucas 13:33-34; Hechos 7:52). Jesús llamó a este hecho la razón específica de por qué la sangre de los justos sería derramada en el juicio sobre aquella generación (Mateo 23:31-36).

El ángel de las aguas concluye con una afirmación interesante: por haber los apóstatas derramado sangre, “ellos son dignos”. Este es un paralelo deliberado con el mensaje del cántico nuevo en Apocalipsis 5:9: “Digno eres de tomar el libro y abrir su sello; porque fuiste muerto, y nos compraste para Dios con tu sangre”. Así como el Cordero recibe su recompensa sobre la base de la sangre que derramó, así también estos perseguidores han recibido la justa recompensa por su derramamiento de sangre.

Dios había prometido una vez al Israel oprimido que haría a los enemigos de su pueblo según sus malas obras:

Y a los que te despojaron haré comer sus propias carnes, y con su sangre serán embriagados como con vino; y conocerá todo hombre que yo Jehová soy Salvador tuyo y Redentor tuyo, el Fuerte de Jacob (Isaías 49:26).

La apostasía de Israel ha invertido esto: ahora es él, el perseguidor por excelencia, el que será obligado a beber su propia sangre y devorar su propia carne. Esto fue cierto en mucho más que en un sentido figurado: como Dios había predicho por medio de Moisés (Deuteronomio 28:53-57), durante el sitio de Jerusalén, los israelitas de hecho se convirtieron en caníbales; las madres se comieron literalmente a sus propios hijos. Puesto que ellos derramaron la sangre de los santos, Dios les da a beber su propia sangre (véase Apocalipsis 17:6; 18:24).

Uniéndose al ángel en alabanza viene la voz del altar mismo, donde la sangre de los santos y los profetas había sido derramada. El altar se regocija: “¡Sí, Señor Dios Todopoderoso, justos y verdaderos son tus juicios!”. Los santos reunidos al pie de la base del altar habían clamado por justicia, pidindo venganza de sus opresores (Apocalipsis 6;9-11). En la destrucción de Israel, esa oración es contestada; los testigos son vindicados. Es más que una coincidencia que estas oraciones en Apocalipsis 16:5-7 (junto con el texto del cántico de Moisés en Apocalipsis 15:3-4) sean notablemente similares al cántico cantado por los sacerdotes just antes de ofrecer los sacrificios. Irónicamente – así como Dios mismo se está preparando para el holocausto total en 70 d. C. – los mismos ángeles del cielo cantaban la liturgia del propio Israel contra él.

EL CUARTO CÁLIZ

Ahora el cuarto ángel Apocalipsis 16:8-9) derrama su cáliz sobre el sol, abrasando a los hombres con fuego. Mientras que la cuarta trompeta resultó en una plaga de oscuridad (8:12), ahora el calor del sol aumenta, de modo que los hombres son “abrasados con gran fuego”. Esto también es una inversión de la bendición básica del pacto que estaba presente en Éxodo, cuando Israel fue protegido del calor del sol por la nube de gloria, la sombra del Todopoderoso (Éxodo 13:21-22; véase 91:1-6). Esta promesa se repite una y otra vez a través de todos los profetas:

Jehová es tu guardador; Jehová es tu sombra a tu mano derecha. El sol no te fatigará de día, ni la luna de noche. Jehová te guardará de todo mal; Él guardará tu alma” (Salmos 121:5-7).

No tendrán hambre ni sed, ni el calor ni el sol los afligirá; porque el que tiene de ellos misericordia los guiará, y los conducirá a manantiales de aguas (Isaías 49:10).

Bendito el varón que confía en Jehová, y cuya confianza es Jehová. Porque será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no verá cuando viene el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de dar fruto (Jeremías 17:7-8).

Y el que está sentado sobre el trono extenderá su tabernáculo sobre ellos. Ya no tendrán hambre ni sed, y el sol no caerá más sobre ellos, ni calor alguno; porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará, y los guiará a fuentes de aguas de vida; y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos (Apocalipsis 7:15-17).

A través de todo el libro de Apocalipsis, Juan a menudo usa la voz pasiva (como en la expresión le fue dado) para indicar el control soberano de los acontecimientos por parte de Dios. Nuevamente, subraya la soberanía de Dios al decirnos que le fue dado al sol que abrasase a los hombres; y en la línea siguiente, es aun más explícito: “Dios … tiene poder sobre estas plagas”. Juan no sabe nada de un “Dios” que se sienta indefenso en el banquillo, viendo pasar el mundo; ni reconoce a un “Dios” que es demasiado amable para enviar juicios sobre los impíos. Juan sabe que las plagas que caen sobre Israel son “las obras de Jehová, que ha puesto asolamientos en la tierra” (Salmos 46:8).

En su libro sobre la Trinidad, Agustín subraya el mismo punto: “La creación entera es gobernada por el Creador, por quien y en quien fue fundada y establecida. Por eso, la voluntad de Dios es la primera y suprema causa de todas las apariciones y todos los movimientos corporales. Porque nada sucede en la esfera visible y sensible que no sea ordenado o permitido desde el tribunal interior, invisible e inteligible del emperador altísimo, en esta vasta e ilimitada comunidad de toda la creación, de acuerdo con la inexpresable justicia de sus recompensas y castigos, gracias y retribuciones”.

Pero los apóstatas rehusaron someterse al señorío de Dios sobre ellos. Como la bestia de Roma, cuya cabeza estaba coronada por “nombres de blasfemia” (13:1) y cuya imagen adoraban, los hombres blasfemaron el nombre de Dios, que tiene poder sobre estas plagas. Y, como el Faraón impenitente (véase Éxodo 7:13, 23; 8:15, 19, 32; 9:7, 12, 34-35; 10:20, 27; 11:10; 14:8), “no se arrepintieron para darle gloria”. Israel se había convertido en un Egipto, endureciendo su corazón; y, como Egipto, sería destruido completamente.

(1) Sin embargo, la correspondencia no es exacta; y característicamente, Russell llega demasiado lejos cuando, después de una comparación superficial, declara categóricamente: “Esto no puede ser mera coincidencia casual: es identidad, y sugiere la pregunta: ¿Por qué razón se repite aquí la visión? J. Stuart Russell, The Parousia: A Critical Inquiry Into the New Testament Doctrine of Our Lord´s Second Coming (Grand Rapids: baker Book House, [1887] 1983), p. 476.

Fuente: http://verdadasd.org

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