¿CUÁNDO Y CÓMO SE PRODUJERON LOS EVANGELIOS?

Cuando investigamos las raíces de la enseñanza del Nuevo Testamento, debemos recordar que los Apóstoles fueron testigos oculares de los eventos de los evangelios. Pedro testificó ante el Gran Sanhedrín: “No podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído,” y en sus cartas, que aún entre liberales actualmente se tratan con más simpatía que antes, dice: “No seguimos fábulas ingeniosamente inventadas, sino que fuimos testigos oculares de su majestad”. Juan escribe: “Lo que hemos oído, lo que hemos visto . . . y lo que han palpado nuestras manos . . . damos testimonio y os anunciamos la vida eterna . . . Lo que hemos visto y oído, os proclamamos” (Hechos 4:20, II Pedro 2:16 y I Juan 1:1-3.). El libro de los Hechos insiste que sólo los que “han estado con nosotros” desde el tiempo del bautismo de Juan eran candidatos al cargo apostólico (Hechos 1:21-22.).

Esto conduce a la pregunta: ¿Qué garantías tenemos de que el mismo cuidado escrupuloso se haya aplicado al registro de los evangelios mismos? También pudiéramos preguntar: ¿Cuándo y cómo fueron escritos los evangelios? Definitivamente es obvio que cada uno de los evangelios presenta un testimonio peculiar a sí mismo, hasta en lo que concierne a su estructura. Difícilmente sería posible que algún reportero estrella de hoy alcanzara el mismo grado de precisión. No obstante, no equivalen meramente a cuatro grabaciones magnéticas, repitiendo lo mismo, palabra por palabra. Después de todo, los discípulos siguieron al maestro durante unos tres años y medio, y sólo cuando recordamos esto podremos entender el último versículo del evangelio de Juan: “Y hay también muchas otras cosas que Jesús hizo, que si se escribieran en detalle, pienso que ni aun el mundo mismo podría contener los libros que se escribirían”.

Existen cientos de libros que se han escrito únicamente sobre el origen de los evangelios. Desde los tiempos del padre de la iglesia, Agustín, a fines del siglo IV y principios del V, se han señalado similitudes entre los relatos escritos por los cuatro evangelistas.  Aun cuando muchos críticos han señalado de cuando en cuando que detrás de los reportes griegos están los originales semíticos, no obstante han sido estudiados con base en su supuesta afinidad con otras obras literarias griegas de la antigüedad. En otras palabras, la Cristología del Nuevo Testamento se consideraba indistinguible de la cultura más amplia de la era helenista. Un punto fundamental de partida, por ejemplo, era la suposición de que Jesús no pudo haber hablado en su propio tiempo acerca de la destrucción del Templo, por tanto, todos los evangelios debían haber sido escritos después del año 70 d. C. Se suponía que reflejaban ideas que ya habían echado raíces en las iglesias en lugar de que nos permitieran una perspectiva de la mente de Cristo haciendo impacto sobre la historia. El catedrático finés, Heikki Räisänen, por ejemplo, acepta, según el título de uno de sus libros, que “la ciencia aún está tratando de decidir cómo entender la Biblia”. “En el momento actual —prosigue—, los críticos no están de acuerdo sobre el asunto de que haya existido o no, un mito pre cristiano sobre el cual se pudiera haber fundado la especulación cristiana”. Él señala que, “con la caída de la hipótesis helenizante, el investigador aún queda incierto respecto a la pertinencia desde nuestra perspectiva, de estas especulaciones judías, que la reflexión cristiana utilizó en su época para ventaja propia”. Según su opinión, “no se ha encontrado ningún prototipo indiscutible de mito cristológico en un entorno helenístico” (Heikki Räisänen, Raamattunäkemystä etsimässä, págs. 56-57.).

Si esto es así, se debe poner en tela de duda todas las teorías modernas y la fecha y orígenes de los evangelios se deben reconsiderar. Las cartas de Pablo son reconocidas, aun entre círculos liberales, como auténticas en términos generales, y su fecha se ubica entre los años 50-60 d. C. De modo que en este sentido el asunto no tiene discusión. Pero si los evangelios no fueron escritos hasta después de la destrucción del Templo, entonces su autenticidad también debe ser dudosa. Será de primordial importancia pues, establecer primero, si Jesús realmente habló de la destrucción del Templo antes de los hechos, y segundo, qué idioma hablaba.

¿Jesús realmente se refirió a la destrucción de Jerusalén como lo afirman los evangelios?

Existen tantos indicios de que éste realmente fue el caso que resulta difícil sostener lo contrario. En Mateo 22:7, donde Jesús relata su parábola acerca del banquete de bodas, dice que el rey envió a su ejército y “quemó su ciudad”. Al final del capítulo siguiente habla de cómo anhelaba reunir a los habitantes de Jerusalén como la gallina junta a sus polluelos debajo de sus alas, pero como ellos no estuvieron dispuestos, dice: “He aquí, vuestra casa se os deja desierta.”. En hebreo la palabra que se usa para ‘Templo’ es bayith, que significa ‘casa’.  Lucas 21 también anuncia que Jerusalén será rodeada por ejércitos y que su “desolación” entonces estará cerca. “Y Jerusalén será hollada por los gentiles, hasta que los tiempos de los gentiles se cumplan”. Estas cosas no son meros inventos de percepción retrospectiva.

La destrucción del Templo en Jerusalén fue predicha, no sólo por Jesús, sino también por otros judíos letrados de la época. Existen tres fragmentos en el Talmud que se refiere a algo terrible que sucede “40 años antes de la destrucción del Templo,” y que se dice tuvo diversas consecuencias, una de las cuales fue que “los sacrificios perdieron su eficacia”. Johanan Ben Zakkai, un amigo de Nicodemo, clamó en una ocasión en que las puertas del Templo se abrieron por sí solas: “O Templo, Templo . . . ¡Yo sé que has de ser destruido!” Con esto se refería a Zacarías 11:1: “¡Abre tus puertas, Líbano, y consuma el fuego tus cedros!” (Ej. Yoma 39b.) ‘Líbano’, según los rabinos, es un nombre secreto para referirse al Templo, porque sus letras raíces forman la palabra ‘emblanquecer’: el Templo por tanto “emblanquece” los pecados de la nación.

La profecía más clara respecto a la destrucción del Templo es, por supuesto, el capítulo 9 de Daniel, al que hace referencia incidental el historiador judío Josefo, (Antigüedades X 10-11.) quien también registró el hecho admirable de que la puerta oriental del Templo se abrió por sí sola durante la noche. (Guerras de los Judíos VI 5,3. Véanse también las observaciones de Jacob Neusner sobre esto en First Century Judaism in Crisis, págs. 73-75.) La prueba más fuerte de que se consideraba posible la destrucción del Templo, se encuentra en las Guerras Judías de Josefo: Durante la fiesta de los tabernáculos “cuatro años antes de la revuelta judía,” cuando “la ciudad florecía y se encontraba en perfecta paz,” un cierto Jesús, hijo de Anano, empezó a proclamar noticias extrañas, clamando a gran voz: “¡Una voz clama contra Jerusalén, contra el Templo de Dios, contra la nación entera!” Continuaba, de noche y de día, “por todas las avenidas y los callejones de la ciudad,” y a pesar de que tanto los oficiales judíos como los romanos lo azotaban hasta dejar al descubierto sus huesos, “no derramó una lágrima ni reprendió a sus perseguidores”. Perseveró en esto durante “siete años y cinco meses, hasta la fecha misma del sitio de la ciudad”. Finalmente, a su clamor de “¡Ay de ti, Jerusalén!” agregó las palabras: “¡Ay, Ay de mí también!” Poco después de que comenzara el sitio, nos dice Josefo, fue muerto por una piedra de una balista romana. (Guerras de los Judíos, VI, al final de 5,3.)

Lucas 19:41-44 nos proporciona un cuadro más detallado de la profecía de Jesús respecto a la destrucción que estaba a punto de venir sobre Jerusalén:

“Cuando se acercó, al ver la ciudad, lloró sobre ella, diciendo: ¡Si tú también hubieras sabido en este día lo que conduce a la paz! Pero ahora está oculto a tus ojos. Porque sobre ti vendrán días, cuando tus enemigos echarán terraplén delante de ti, te sitiarán y te acosarán por todas partes. Y te derribarán a tierra, y a tus hijos dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no conociste el tiempo de tu visitación”.

Existe un comentario en el Talmud acerca de Jeremías 13:17, donde el profeta “llora en secreto,” a causa del orgullo que se niega a “dar gloria al SEÑOR,” y por esto, “el rebaño del SEÑOR será llevado cautivo”. R. Shmuel Bar Yitsh. ak dice que: “esto es el resultado de la pecaminosidad de Israel, y es la razón por la que la Tora les será quitada y entregada a las nacions gentiles”. (Haggiga 5b.) El Talmud mismo interpreta esto en el sentido de que Dios mismo permitirá que el Templo sea destruido y que hasta los “ángeles de paz” llorarán por él. Había algo de este mismo pesar en el lamento de Jesús.

Si Johanan Ben Zakkai “sabía” que el Templo sería destruido, y si esta extraña expectativa ya circulaba en el ambiente en ese tiempo, entonces existen buenas razones para rechazar la vaca sagrada de la teología de que Jesús “no pudo haber” hablado de estas cosas con anticipación. De esta manera nuestra actitud hacia la predicación escatológica de Jesús también adoptará un tono más positivo. Hasta en la televisión finesa se ha presentado la tesis de que el evangelio de Marcos tiene una perspectiva escatológica más corta que los demás, y que él esperaba la segunda venida de Cristo en su propio tiempo. No obstante, Marcos también dice respecto al santuario, que “no quedará piedra sobre piedra que no sea derribada,” y que antes de la segunda venida, “el evangelio debe ser predicado a todas las naciones”. (Marcos 13:2 y 10) Si intentamos determinar la fecha de los orígenes de los evangelios apoyándonos en suposiciones tan falsas, sólo servirán para impedir que prestemos oído al testimonio del propio Nuevo Testamento.

El Doctor Bo Reicke escribe en uno de sus estudios, que “no es más que dogma patriotero y superficial sostener en la crítica neotestamentaria, que los evangelios deben haber sido escritos después de la revuelta judía [66-70 d.C.], sólo porque contienen profecías respecto a la destrucción del segundo Templo que sólo pueden haberse insertado en una fecha posterior”.  Véase Bo Riecke, Synoptic Propheciese on the Destruction of Jerusalem, en Nov. Test. Suppl. Leiden 1972, 121-134.

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