Conflicto con el Judaísmo, sacerdotes y levitas

La mayor parte de las referencias a sacerdotes, y especialmente a sumos sacerdotes (o jefes de los sacerdotes) se encuentran, sin embargo, en contextos conflictivos. Mateo pinta a los sumos sacerdotes activamente envueltos en los acontecimientos evangélicos de comienzo (Mt. 2.4) a fin (Mt. 28.11). Su oposición aumenta a medida que las pretensiones y la misión se van aclarando, por ejemplo cuando desafió la legislación sabática (Mt. 12.1–7; Mr. 2.23–27; Lc. 6.1–5) y en las parábolas que censuraban a los dirigentes religiosos (Mt. 21.45–46). Este conflicto a muerte fue predicho inmediatamente después de la confesión de Pedro en Cesarea de Filipos (Mt. 16.21; Mr. 8.31; Lc. 9.22), se intensificó durante la recepción del domingo de ramos y la subsiguiente purificación del templo (Mt. 21.15, 23, 45–46; Mr. 11.27; Lc. 19.47–48; 20.1), y alcanzó su amarga culminación en el arresto y el juicio (Mt. 26–27). El cuarto evangelio también da testimonio del conflicto (Jn. 7.32, 45; 11.47, donde son fariseos los aliados en el crimen; 12.10, donde la hostilidad se centra en Lázaro; 18.19, 22, 24, 35, donde se destaca el papel de Caifás en el juicio a Jesús; 19.15).

Los jefes de los sacerdotes (arjiereus) raras veces obraban solos en su deseo de aplastar la influencia de Jesús. Según la cuestión y las circunstancias, se les unían otros oficiales del sanedrín (arjontes, Lc. 23.13; 24.20), escribas (grammateis, Mt. 2.4; 20.18; 21.15), escribas y ancianos (grammateis, presbyteroi, Mt. 16.21; 27.41; Mr. 8.31; 11.27; 14.43, 53; Lc. 9.22), ancianos (Mt. 21.23; 26.3). El singular (“sumo sacerdote”) generalmente se refiere al presidente del sanedrín (por ejemplo Caifás, Mt. 26.57; Jn. 18.13; Anás, Lc. 3.2; Jn. 18.24; Hch. 4.6; Ananías, Hch. 23.2; 24.1). El plural, “jefes de los sacerdotes”, describe a miembros de las familias sumo sacerdotales que sirven en el sanedrín; sumos sacerdotes que ejercen el cargo o que lo ejercieron anteriormente, juntamente con miembros de las familias sacerdotales prominentes (Hch. 4.6). Sostienen algunos estudiosos que “jefes de los sacerdotes” incluye ciertos oficiales del templo, como tesorero y jefe de policía .

La muerte y resurrección de Jesús no sofocó el conflicto, como se ve claramente en Hechos. El testimonio apostólico de la resurrección hizo que los saduceos se agregaran a la lucha al lado de los jefes de los sacerdotes y otras autoridades del templo (Hch. 4.1; 5.17). La participación sacerdotal en el relato de Saulo de Tarso es algo digno de notarse. La programación de la persecución de los cristianos en Damasco contaba, al parecer, con la aprobación oficial del sumo sacerdote (Hch. 9.1–2, 14); los exorcistas judíos itinerantes que procuraron reproducir los milagros de Pablo en Éfeso se describen como “siete hijos de un tal Esceva, judío, jefe de los sacerdotes” (Hch. 19.13–14); como su Maestro, Pablo fue llevado a juicio ante un sumo sacerdote, Ananías, el que también lo acusó ante los gobernadores romanos Félix y Festo (Hch. 24.1ss; 25.1–3). Prácticamente no hay otra cosa en la vida de Pablo que ilustre tan claramente la transformación radical operada por su conversión que el dramático cambio en su relación con el sacerdocio constituido: en el comienzo del relato marcha a la par de los perros de caza; hacia el final corre a la par de la presa.

La consumación en Cristo

En el fondo el conflicto surgía del convencimiento cristiano y la sospecha judía de que la vida, muerte, resurrección, y ascensión de Jesús significaba el eclipsamiento, si no la destrucción, de las antiguas estructuras sacerdotales. Con su propia enseñanza Jesús se había colocado a sí mismo en el centro de una nueva estructura sacerdotal: “uno mayor que el templo está aquí” (Mt. 12.6); “destruid este templo, y en tres días lo levantaré” (Jn. 2.19); “porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mr. 10.45).

De los escritores neotestamentarios es el autor de Hebreos el que retoma estos hilos y con ellos confecciona una tela multicolor. En su pasión por demostrar que la fe cristiana es superior, y que en realidad ha remplazado a los modelos veterotestamentarios de culto, Hebreos insiste persistentemente en su afirmación de que Jesús ha sido señalado por Dios (5.5–10) para ser el nuevo y verdadero sumo sacerdote que por fin puede resolver la cuestión del pecado del hombre. Su sacerdocio, que sobrepasa al de Aarón (7.11) y que se remonta al de Melquisedec (7.15–17), contiene la perfección faltante en el antiguo sistema de sacrificios (7.18):

1. Está basado en el juramento de Dios mismo (7.20–22);
2. Es permanente porque está centrado en el Cristo eterno (7.23–25);
3. Participa de la perfección de Cristo, que no tenía necesidad de ser purgado de pecado, como era el caso con los hijos de Aarón (7.26–28);
4. Continúa en los cielos, donde Dios mismo ha erigido el verdadero santuario del que la tienda de Moisés no era más que “figura y sombra” (8.1–7);
5. Es el cumplimiento de la promesa de Dios de un pacto nuevo (8.8–13);
6. Su sacrificio no requiere repetición alguna sino que se efectuó “una vez para siempre” (7.27; 9.12);
7. Su ofrenda no estaba constituida por “la sangre de los toros y de los machos cabríos”, que no podía quitar los pecados, sino por el “cuerpo de Jesucristo”, por el que son santificados los creyentes (10.4, 10);
8. Su resultado es el acceso pleno y permanente a Dios para todos los cristianos y no solamente para un orden sacerdotal (10.11–22);
9. Sus promesas y esperanzas están aseguradas por la fidelidad de Dios y la verdad de la segunda venida de Cristo (9.28; 10.23);
10. Su perdón pleno proporciona la mayor motivación para nuestras obras de amor y justicia (10.19–25);  11. Su efectividad en la vida del pueblo de Dios está garantizada por la constante intercesión de Cristo (7.25). Si bien Pablo no eligió hacer del sacerdocio de Cristo tema dominante en sus escritos (probablemente porque su ministerio estaba dirigido principalmente a los gentiles, para los que el conocimiento de que eran libres de la ley constituía una necesidad preeminente, juntamente con el conocimiento del nuevo lugar que ocupaban en los propósitos de Dios), podemos estar agradecidos de que la rica percepción que evidencia Hebreos constituye uno de los dones que nos ha dado Dios en el canon de la Escritura.

¿Mesianismo o Cristianismo? ¿Qué ordenó Yeshúa?

A todas luces podemos deducir que Yeshúa no vino para instaurar una nueva religión, como tampoco a ratificar al “judaísmo” imperante en su tierra, al cual se aferraban los “judíos” residentes fuera de Judea. Desde el regreso de babilonia de los numerosos judíos, benjaminitas y de los contados levitas, este conglomerado, fue conocido bajo un solo nombre, el de “judíos”, a pesar de que el nombre judío es un mero gentilicio, que procede de una de las 12 tribus de Israel, la de Yehudá. Hasta los días actuales este costumbrismo rige acuñado en el seno de la humanidad, costumbre que acompaña a todos los descendientes de las tres tribus supervivientes de las 12 que conformaron la nación de Israel. Con el nacimiento del Estado de Israel, en el año 1948, una diferencia es notable. Quien nace dentro de esos 20mil kilómetros cuadrados es israelita, aunque no necesariamente es judío. Los descendientes de las tres tribus, nacidos fuera del Estado de Israel, son “judíos”, no importando si son benjaminitas o levitas. Paulo, por ejemplo, era de Tarso, pero como israelita descendía de una de las 12 tribus, la de Benjamín, no obstante era considerado un “judío”, porque Judea representaba a los descendientes de Abraham y a los hijos de Yacob, los israelitas.

Los israelitas, según el plan de Dios, debían ser una nación santa, un reino de sacerdotes. Por ello recibieron, de manos de Moisés, las tablas donde el “dedo de Dios” escribió las diez razones que revelaban los motivos por los cuales la humanidad terrenal estaba destituida de la “gloria” o creación del Padre. Esas 10 explicaciones eran a la vez un solo mandato magno para la nación llamada a ser la luz de las naciones del mundo afectado por la rebelión del Querub llamado “Shatán” (el Calumniador), también “La Serpiente” (“Ha Najash’), entre otros apelativos señalativos relacionados con su trasgresión.

Yeshúa no vino para abrogar esa ley magna, los diez mandamientos, vino para completarla, cumpliéndola según el plan de “Elohím”. De acuerdo al plan de Dios, Yeshúa como hijo del Altísimo, “a lo suyo vino”, (no dice, como muchos lo leen mal, que “a los suyos vino”, haciendo errónea referencia en el sentido de que Yeshúa vino a su pueblo pero que su pueblo no lo recibió).

Yeshúa vino a cumplir con la parte que le correspondía del plan de Dios cara a la problemática existente en una parte del universo, la rebelión de ese Querub que “fue perfecto en todos sus caminos, hasta que se halló en él maldad” (Isa. 28). Yeshúa a lo suyo vino, es decir, vino a hacer la voluntad del Padre en calidad de “El Ungido” (en hebreo “Ha Mashiaj”). Vino a cumplir la profecía que emanó de Yacob, el padre de la nación israelita (Ge. 49.10). Vino para dar cumplimiento de una promesa que llevaría a la humanidad a la verdad. Vino a salvar a su pueblo, Israel, de sus pecados. Vino a perdonárselos. Pero su nación no lo recibió, y no lo hizo porque la totalidad de su nación, las 12 tribus, no estaba presente en esa “tierra prometida”, y las tres supervivientes, enmarcadas en una, en la de Yehúda, apenas si pudieron enterarse del hecho que tanto esperaron por generaciones, la llegada del Ungido del Padre (Ha Mashiaj). Muchos ni se enteraron que la promesa estaba entre ellos, mientras que otros rechazaron que estuvo entre ellos. La llegada de El Ungido de Israel significó que por fin el reino de Dios se había acercado.

Su tribu, Yehudá, no le recibió. Tampoco los benjaminitas ni los levitas. Ello en términos generales, por cuanto hubo excepciones en números apreciables y muy significativos. La nación de Judea, que en esos tiempos representaba a los supervivientes de los descendientes de Abraham y de los hijos de Yacob, tampoco lo recibió, ello también en términos generales. No le recibió porque muchos “judíos” no residían en ese territorio dominado por Roma. La mayoría de los “Judíos” vivían fuera del ámbito donde Yeshúa ministró la mayor parte de esos tres años y medio.

Ciertamente que solo un remanente lo aceptó como El Ungido de Israel, pero ese remanente estuvo conformado por un numeroso colectivo que por su calidad espiritual marcó la diferencia primeramente en Jerusalem, luego en Judea y en Samaria. Después en el mundo de entonces, donde llegó el llamado “cristianismo” en sus primeros tres importantes siglos con todo el poder del “ruaj ha kodesh”, entidad conocida como el “Espíritu santo”.

Y ese “cristianismo” llegó a todas esas partes por obra de esos judíos, y también por los gentiles que aceptaron al Ungido de Israel, anunciado como el “Jristós” (“Cristo”) para las naciones. Los primeros en ser llamados “jristianos” (“untados”) fueron “judíos”. Así los llamaron de manera peyorativa los asirios, en aquella ciudad llamada Antioquía.

¿Por qué esos “judíos” no fueron llamados “meshijim” (mesiánicos)? ¿Por qué en vez de hablar de la “meshijút” hablamos de “cristianismo”? Porque ellos, los discípulos de Yeshúa, usaron el idioma griego koiné y no el hebreo para dar a conocer a las naciones la buena nueva o buena noticia (en griego “evangelio”): que el reino de los cielos se había acercado a la humanidad en la persona de Yesous.

Con esa fonética griega, Yesous, los seguidores de El Ungido o de “Ha Mashiaj”, lograron interesar a los seguidores de Zeus y a otros que seguían creencias llamadas “paganas”, pero estos judíos “meshijim” diferenciaron a Yesous de Zeus advirtiendo que Yesous era el “Jristós” mediante el cual todos podían acceder y ver al único THEOS verdadero, y por tanto existente, es decir, real y viviente.

El vocablo “Jristós” se usaba entre los griegos para visualizar un crisol, algo sumamente transparente, algo que permitía ver a su través. El mensaje de los “apostóles” (en griego “misioneros”) recalcaba a las gentes de todas las naciones que solo a través de Yesous, en su calidad de “Jristós” todos podrían ver al único THEOS, el Padre de todo lo creado. Bajo esa premisa, Yesous era el “Jristós” del único THEOS verdadero. A la nación israelita, Yeshúa les era anunciado como su nombre lo indicaba, la “Salvación”, salvación de su pueblo “Yishrael”.

El mensaje que llevaron al mundo de entonces esos primeros “jristianós”, judíos y gentes de las naciones, no implicaba seguir una nueva forma de “religare” (“volverse a ligar”) con el único THEOS. Es decir, que no se trataba de una nueva religión. El mensaje integral de la salvación implicaba la excelsa forma de llegar al único Dios verdadero, mediando El Ungido de Israel, el “Jristós” de las naciones no israelitas, el “Cristo” del mundo.

Su mediación, incluye ese mensaje, permite a cada creyente “nacer de nuevo”, mediante el ritual del “bautismo”, para de esa manera ser aceptado en las Alturas del Todopoderoso como una “nueva criatura”, criatura que a partir de ese “nacer de nuevo” será engendrada por el “ruaj ha kodesh”, entidad que se ha conocido como el “Espíritu santo”. La “nueva criatura”, engendrada, formada y capacitada por esa Entidad, que reemplaza al Ungido en su ausencia, llegará a ser otro “Hijo de Dios”.

El “Hijo de Dios”, extraído de los valores del mundo afectado por el “Querub” rebelde, recibe su nueva ciudadanía, la de Israelita (Ef. 2:11-22), y con esta otra ciudadanía, la “celestial” (Fil. 3:20). La “nueva criatura”, en su calidad de “Hijo de Dios”, al amparo de ambas ciudadanías, entonces accederá a la presencia de “Eloah” (para los israelitas), de Theos (para los griegos) o de DIOS (para el mundo) pero su relación con el Altísimo será en calidad de Hijo a Padre.

Es lamentable que a pesar de la claridad de este mensaje, aún se ventile en este Siglo XXI un divisionismo, por demás aberrante, entre quienes dicen seguir a Yeshúa o a Yesous o a Jesús. Cunde el irrespeto, la falta del vinculo esencial, el amor,  entre quienes aseguran amar a ese único THEOS, Padre de Yeshúa, o de Yesous o de Jesús.

Todo por salir en defensa de una denominación por demás terrenal, cuando lo primordial es vivir el mensaje integral de la salvación. Mensaje que informa que el reino regente en el universo incontaminado, o “reino de los cielos”, como algunos lo prefieren identificar, se acercó a toda la humanidad con la persona de Yeshúa, o de Yesous o de Jesús. Ese mensaje no aplaude ninguna división, por el contrario, esa misiva implica la sujeción a una unidad indivisible, toda vez que enuncia que todos somos UNO en Ha Mashiaj. Todos somos UNO en ese “Jristós”. En esa unidad todos somos UNO con el Padre, porque Yeshúa, o Yesous o Jesús es UNO con el Padre. Si hablamos de la deidad del Hijo de Dios e Hijo del Hombre, por él todos seremos UNO en la deidad (Juan 17.21).

Para nuestro Padre, para Su Hijo Unigénito y Primogénito, y para el “ruaj ha kodesh” (mejor conocido como el “Espíritu Santo”) no hay “meshijim”, como tampoco “jristianós”, sino HIJOS DE DIOS. Nadie recibe la potestad para ser formado para ser un ‘mesiánico’ o un ‘cristiano’. Escrito está que quienes aceptan a Yeshúa reciben la autoridad del Padre para ser formados HIJOS DE DIOS.

Los Hijos de Dios no dependen del viejo pacto, sino de aquel pacto que inició aquella primera tarde de aquel trascendental Pesaj o Pascua. Esa tarde Yeshúa lo advirtió a sus 12 discípulos: “Esto es mi sangre del nuevo pacto….” (Mt. 26.28; Mr.14.24; Lc. 22.20).

37 años después de la partida de Yeshúa a los cielos, al universo, del Templo de Jerusalem no quedó piedra sobre piedra, ese Templo desapareció y con este el pacto antiguo….(2Co. 3.6; He.7.22; 8.6; 9.15; 12.24).

Desde el mismo día de la partida de El Ungido de Israel, el verdadero Templo es el cuerpo del Hijo del Hombre, de ese hombre que regresó de las partes más bajas de la tierra, después de tres días y de tres noches de estar en su seno sepulcral. Si se levantara otro Templo en Jerusalem, jamás representaría al verdadero templo, el del hombre resucitado y redimido (Hech. 7.48; 1Co. 3.16; 6.19).

Delante del único Dios, ¿tiene mejor aceptación un mesiánico o un cristiano? Yeshúa advirtió: “No todo el que me dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos” (Mt.7.21).

Mesiánicos y cristianos, “¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?” (Lc. 6.46).

¿Qué se espera que hagamos quienes seguimos o decimos seguir a El Ungido de Israel? Empezar por atender esta advertencia: “Si verdaderamente sois mis discípulos, amaos los unos a los otros”.

Qué tristeza produce encontrarnos en el camino de la vida con absurdos enfrentamientos entre quienes dicen ser “mesiánicos” y pretendidos “cristianos”, y en ese orden entre denominaciones que se precian de cristianas.

Esperemos cuando venga Yeshúa o Jesús por SU congregación…. Ahh, sorpresas lamentables se llevarán muchos mesiánicos y cristianos cuando experimenten que el arrebatamiento se llevó a cabo y que muchos se quedaron.

¿Dirán los que se quedaron a los otros que como ellos también fueron dejados: “– soy mesiánico y seguiré observando la Torah y me congregaré en el templo de Jerusalem”? ¿O, quizás el otro dirá: “–soy cristiano, porque amo a Cristo y soy salvo y siempre salvo”?

Advertido también está, que “el uno será tomado y el otro será dejado….” (Mt. 24.40; Lc. 17.34).

Cuan oportuno y saludable es evaluar lo anunciado por Yeshúa y escrito por Mateo (Mt. 25).

Félix Guttmann

Fuente: http://caminoluz.net/index.php?topic=347.0