Comparación del Nuevo Testamento con el resto de la literatura de la antigüedad

Cuando colocamos la principal fuente literaria de la fe cristiana, el Nuevo Testamento, al lado de las demás obras literarias supervivientes de la antigüedad, inmediatamente observamos una gran diferencia en relación con el tiempo transcurrido entre la escritura original de determinado documento y las copias más antiguas que nos son conocidas. Por ejemplo, los manuscritos más antiguas existentes de las obras de Sófocles fueron copiados 1400 años después de la muerte del autor. Con las obras de Eurípides, la diferencia de tiempo es de 1600 años, con Platón 1300 y Demóstenes es de 1200 años. No obstante, estas obras no se han sujetado al mismo grado de crítica que el Nuevo Testamento. El poeta romano Virgilio, según esta norma, es una rara excepción en que el ejemplar más antiguo que se conserva de sus obras fue hecho sólo cuatro siglos después de su muerte (1).

Los ejemplares más antiguos de algunas partes del Nuevo Testamento se remontan a una etapa muy temprana. Existen algunos fragmentos de papiros del evangelio de Juan que datan del año 125 d. C. (2).  De manera semejante, se han encontrado fragmentos más extensos de Juan y también de Lucas y de las cartas de Santiago y Pablo, que se han fechado en el tercer siglo (3).  Las cuevas de Qumran también han producido fragmentos de papiro de Santiago que datan de 50-60 d. C. (4).  Entre los años 200-350 es posible encontrar todos los ejemplares más tempranos del NT.

Aproximadamente 2500 manuscritos griegos antiguos de los evangelios se han preservado, de los cuáles más de 40 se remontan a mucho más de mil años. Además de esto, la iglesia conserva aproximadamente 1500 “lecturas dirigidas”, los  leccionarios, en los cuales los evangelios se encuentran dispuestos en porciones diarias.  Desde el principio el Nuevo Testamento era traducido a los dialectos sirios, al copto, al armenio, al etíope y por supuesto, al latín. En algunos casos estas traducciones son más antiguas que los más primitivos manuscritos griegos que se conservan. Por ejemplo, una versión en copto de Tebán pertenece al siglo III, y existen casi 8000 copias de la vulgata latina de fines del siglo IV.  El manuscrito conocido como Codex Sinaiticus, encontrado en 1844 en Sinaí, pudiera ser uno de los 50 ejemplares que Eusebio, obispo de Cesarea mandó hacer en 331 d. C. para el emperador Constantino. Estas comparaciones demuestran que el Nuevo Testamento es capaz de sostenerse al lado de cualquiera de las obras de la antigüedad.

Aunque difícilmente es justificable en la actualidad pensar en las palabras de Cristo como si originalmente hubieran sido  logias desconectadas, bien pudieran haber existido más de estos dichos que no fueron incluidos en el Nuevo Testamento. Pablo cita uno de ellos al despedirse de sus amigos en Mileto; les dice que recuerden “las palabras del Señor Jesús, que dijo: ‘Más bienaventurado es dar que recibir’”. (Hechos 20:35). Muchas personas también conocen las palabras de Jesús citadas por Orígenes: “El que está cerca de mí está cerca del fuego, y el que está lejos de mí está lejos del reino de Dios”.

En la tradición literaria cristiana, la diferencia entre lo que es genuino y lo que es falsificado es tan clara que los libros tradicionalmente aceptados del Nuevo Testamento, el ‘canon’, eran distinguibles en una etapa relativamente temprana, de otros materiales de naturaleza devocional o puramente imaginaria.  Aun cuando el canon no se había establecido oficialmente sino hasta el sínodo de Cártago y de Hipo en el 393 y 397 d. C. respectivamente, tomó forma en una etapa mucho más temprana. En 1740 cierto coleccionista llamado Muratori encontró un documento antiguo en Milán en el que se enumeraban los manuscritos del Nuevo Testamento considerados Escritos Sagrados por la iglesia en Roma alrededor de 170-180 d. C.  Allí se hace mención de una carta apócrifa, conocida como el ‘Pastor de Hermas’, diciendo que es “demasiado tardío y no de origen apostólico”. El Canon Muratorio menciona aproximadamente la misma composición del Nuevo Testamento que el que se usa hoy: cuatro evangelios, los Hechos de los Apóstoles y 13 epístolas paulinas. Dice respecto a las cartas a Timoteo y Tito, que son “generalmente aceptadas” como guías para los cargos eclesiásticos. Las tres cartas de Juan y la de Judas también figuran en la lista Muratoria. John A.T. Robinson, cuyo libro sobre la fecha del Nuevo Testamento se comentará más adelante, especula que Judas auxilió a Pedro en la redacción de su segunda epístola, y que le agregó algunos conceptos de su propia carta, que se consideraban importantes desde el punto de vista de la iglesia. La fecha de la redacción de estas muy discutidas cartas es fijada por Robinson en 61-62 d. C.

Es evidente que la estructura y compilación del Nuevo Testamento datan desde la mitad del segundo siglo. Los historiadores no podrían esperar de ningún movimiento religioso una evaluación crítica más temprana de su propio significado.

JESÚS A LA LUZ DE LAS FUENTES JUDÍAS

La tradicional actitud judía hacia Jesús se determina por una parte, por afirmaciones aisladas del Talmud, que fueron ordenadas en forma escrita entre los años 200-500 d. C. y por otra parte, por la obra polémica  Toldôth Yeshu,  ‘Relatos de Jesús’. Esta última también se conoce con el nombre de Ma’se Talui, traducido ‘Los Hechos del Crucificado’.

El TOLDOTH YESHU tuvo su origen en el siglo V, cuando muy temprano, y subsecuentemente se difundió, en sus versiones hebrea y judeoalemana, entre los campesinos judíos. Ni siquiera los eruditos judíos argumentan que tenga alguna base histórica; de principio a fin es pura leyenda. La mayoría de los críticos consideran que es producto de la Italia del siglo VIII, y del tumulto de las Cruzadas en el siglo XI, en la que hubo muy difundida persecución de los judíos. Sin embargo, se han encontrado en el Cairo fragmentos de papiro arameo que pudieran considerarse versiones más originales de las leyendas (5).  El catedrático judío Josef Klausner ha hecho un gran servicio a su pueblo, testificando en su libro, Jesus von Nazaret, págs. 58-66, que estas anécdotas polémicas carecen de valor histórico. No obstante, el célebre ateo Voltaire, entre otros, sostenían que eran relatos auténticos de la vida de Jesús (6).  Yo siempre había pensado que estas leyendas sólo eran conocidas por los judíos de Europa Oriental, hasta que un hombre de trasfondo árabe me dijo que él había oído de ellas en su infancia. Sin embargo, a pesar de las blasfemias que contienen, su efecto sobre él fue que finalmente lo condujeron a la comunión con una iglesia cristiana.

El  Toldôth Yeshu habla de cómo Juan, un hombre temeroso de Dios, conocedor de la Tora y procedente de la casa de David, se comprometió para matrimonio con cierta Miriam, originalmente de Belén, hija tímida y honorable de una vecina viuda. Sin embargo, el vulgar pero externamente atractivo Pandera, también se fijó en Miriam. Una noche de sábado vino a Miriam durante su regla y la violó. Miriam pensó que era su prometido y cedió ante él después de una infructífera lucha, grandemente asombrada ante la conducta de su prometido, previamente tan piadoso.  Cuando vino el verdadero prometido, Juan, ella le expresó claramente su enojo. Él sospechó inmediatamente de Pandera y le contó todo es asunto al Rabí Shimon Ben Shetah. Miriam se embarazó, y como Juan sabía que el niño no era de él, pero que era incapaz de demostrar quién era el culpable, huyó a Babilonia.

El argumento central del relato es que se supone que Yeshu se robó el Shem ha-Mephorash, el nombre de Dios “que no se debe pronunciar,” tomándolo del Lugar Santísimo del Templo, y por medio de él realizó milagros. Pero “Judas, el hombre de Kerioth,”quien ofreció traicionar a Yeshu ante los líderes de la nación, también se robó el “nombre impronunciable” de la misma manera, y realizaba los mismos milagros. El fragmento arameo de Cairo dice que Yeshu y Judas “volaron en el aire”. Judas voló más alto que Yeshu y lo hizo caer al “contaminarlo con su semen, con lo que ambos se hicieron inmundos y cayeron al suelo”. Este repugnante relato se relaciona con Balaam, quien condujo a Israel a la inmoralidad, y cuyo castigo, según el Talmud, fue que “lo sentenciaron a ser arrojado a una caldera de semen hirviendo” (7).  El nombre ‘Yeshu’, formado al tomar sus letras de las letras iniciales de otras palabras, se explica como Yimmah. SHmô Vezichrô, “que su nombre y toda memoria de él sea obliterada”.

Luego se nos cuenta cómo Yeshu fue encarcelado en Tiberias, pero escapó y de allí huyó a Antioquía y Egipto para aprender aún más brujería. Al regresar a Jerusalén quiso, una vez más, robarse el nombre secreto de Dios, que mientras tanto había olvidado.  Yehuda (Judas) informó de esto a los sabios de Jerusalén, y dijo que él se arrodillaría ante Yeshu para que ellos pudieran distinguirlo de sus discípulos, que vestían ropas del mismo color. De esta manera Yeshu fue tomado preso y fue sentenciado a morir en la horca el día antes de la Pascua, viernes.

Después de que fue sepultado, el hortelano, Yehudi, tomó su cuerpo y lo escondió en una zanja en su huerto. Sus discípulos, al no poder encontrar su cuerpo en la tumba, le dijeron a la reina Helena que él había resucitado de los muertos, y por ello la reina quiso matar a todos los sabios de Israel. Sin embargo, el Rabí Tanhuma (Bar Abba), con la ayuda del Espíritu Santo, encontró el cuerpo, que luego fue atado a la cola de un caballo y arrastrado hasta donde estaba la reina. Pero los discípulos de Yeshu difundieron el evangelio acerca de Él entre los gentiles. Entre estos discípulos estaban los doce apóstoles, que eran fervientes perseguidores de los judíos.

Podemos ver que el Toldôth Yeshu de ninguna manera coincide con la historia. Rabí Shimon Ben Shetah vivió en el tiempo de Alejandro Janeo (126-76 a.C.). El Talmud lo presenta como un hombre inmisericorde, capaz de haber ordenado en un mismo día en Askalón, la crucifixión de 80 mujeres acusadas de brujería (8). Razón de sobra, pues, para hacer de él un testigo de los poderes mágicos de Yeshu. Rabí Tanhuma, considerado “sello del Midrashim,” estaba activo alrededor de 350-375 d. C. ‘Reina Helena’ obviamente es una referencia a la madre cristiana de Constantino el Grande, quien visitó la Tierra Santa y tuvo una influencia enorme sobre su hijo. Juan, el prometido de Miriam, parece reflejar la actividad de Juan Bautista. El Talmud se refiere a Yeshu como  Ben Pandera, el ‘hijo de Pandera’, (9) y también encontramos en sus páginas el repugnante relato acerca de la “polución” contenido en el Toldôth Yeshu: un castigo similar debía ser la suerte de quienes “blasfemen las palabras de los Sabios” (10).  En el texto antiguo, no censurado, se menciona a “Yeshu” en este contexto. (11)  Aunque el Talmud hace a Yeshu partícipe de vida eterna, (12) el conflicto entre la iglesia y la sinagoga frecuentemente ha dado origen a comentarios de mal gusto, encontrados en los escritos más antiguos de ambos lados: por ejemplo, algunos escritos católicos y la literatura de oración Ortodoxa y las obras polémicas de Lutero exhiben un matiz antisemítico. No debemos intentar embellecer aquello de lo cual es tan culpable el gentil como el judío.

Las menciones de Jesús en el Talmud son pocas y dispersas. Si hemos de comparar las palabras del Nuevo Testamento con las tradiciones encontradas en el Talmud, será necesario relatar algo acerca de la naturaleza y el origen del Talmud.

Una consecuencia de la destrucción del segundo Templo en el año 70 d. C. fue el peligro de que el legado espiritual judío pudiera desaparecer. Para evitar esto, Rabí Joh.anan Ben Zak. kai, quien había sido sacado de Jerusalén de contrabando en un ataúd por sus alumnos, empezó inmediatamente a reunir a los fariseos letrados en Jabne, mejor conocida como Jamnia. Él exponía la Tora con el espíritu tolerante de Hillel el anciano y de Gamaliel.  Con el consentimiento de los romanos, fundaron el  Gran Concilio, que funcionó en asuntos legales como Suprema Corte, y empezó simultáneamente a compilar los “decretos tradicionales de los Padres”. Poco después de esto vino el Rabí A. qiba, quien, hasta su muerte en 135 d. C., ordenó este material tradicional bajo diversos encabezados. Su pupilo, Rabí Meir, continuó con la obra hasta que Rabí Judah, quien representa la cuarta generación después de Hillel, terminó la compilación del MISHNA.  (13)  Al mismo tiempo se compiló el TOSEPHTA, que “complementa” los pronunciamientos de los eruditos de los primeros dos siglos cristianos. Este periodo de Tannaim fue seguido por el Amoraim, que duró hasta el año 500 d. C. Durante ese periodo de 300 años fue compilado, tanto en Babilonia como en Palestina, el GEMARA, que “completa” y concluye la colección de tradiciones. Los Mishna y el Gemara se conocen colectivamente como el  Talmud, o ‘enseñanza’.  El Talmud de Jerusalén, las enseñanzas de la tierra de Israel, se habían compilado para el año 350, mientras que el gigantesco Talmud Babilónico de 12 tomos no se terminó sino hasta el año 500 d. C. Cuando comparamos las palabras de los eruditos del Talmud con las enseñanzas de Cristo, siempre debemos determinar qué periodo representa cada erudito.

El Talmud se refiere comparativamente poco a Jesús. Prefiere dar instrucciones copiosas acerca de la manera de abordar a “los que creen en Jesús el nazareno”. Esta es la interpretación habitual de la palabra Min, que se supone es una abreviatura de Ma’aminei Jeshûa ha-Notsri. El Talmud habla de cómo “el Nazareno Yeshu” realizó milagros y engañó a la gente; blasfemaba contra los eruditos que explicaban la Tora al estilo de los fariseos; tuvo cinco discípulos; (14) dijo que había venido para destruir la Ley, no para cumplirla; (15) fue crucificado en vísperas de la Pascua como incitador de rebelión nacional; (16) sus discípulos sanaban a los enfermos en su nombre. (17) El Talmud se refiere a los evangelios como avôn gilyon  o  âven gilyon.  Ambos términos significan ‘escrito pecaminoso’.  Algunos rabinos eran de la opinión que debían ser quemados; otros sentían que debía quitarse el nombre de Dios antes de quemarlos (18) Los estudiosos judíos recalcan que la crítica del Talmud generalmente no se dirige contra la persona de Jesús: a Él se le considera judío, y aun en los comentarios sobre su crucifixión, se admite que Él estaba “cerca del reino de Dios” (19).  El Talmud no duda que Jesús y sus discípulos hayan realizado milagros, simplemente prohíbe aceptar ayuda de los Minim, aun cuando esté en peligro la vida de la persona. Desde fines del segundo siglo cristiano en adelante, esta actitud se arraigaba cada vez más profundamente.

Podemos entender muy bien el esfuerzo del Talmud por prohibir toda comunicación con los cristianos judíos. Había surgido un problema serio: ¿Cómo se le debía contestar a un judío cristiano? Existía el deseo de refugiarse de la influencia del cristianismo. Abundan ejemplos de esto. Los más ilustrativos pudieran ser los dos comentarios en el Talmud del ‘Hijo del Hombre’ del libro de Daniel, un pasaje de gran importancia para los cristianos, ya que aparece 84 veces en los evangelios y habla de la naturaleza humana y divina del Mesías. Daniel dice:

“Venía uno como un Hijo de Hombre . . . y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran. Su dominio es un dominio eterno que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido” (7:13-14).

Este pasaje es la base del llamado al evangelismo del mundo, por el hecho de que aborda la autoridad cósmica y universal del Mesías.

Una vez un hombre vino al Rabí Aqiba y le preguntó por qué Daniel 7:9 dice en plural: “Seguí  mirando hasta que se establecieron tronos”. Aqiba respondió: “Uno es para Dios, y el otro para David,” es decir, el Mesías. Con eso, Rabí Josi lo reprendió y dijo: “Aqiba, ¿hasta cuándo contristarás al Espíritu de Dios? No. Más bien, uno está reservado para la Justicia y el otro para la Rectitud” (20).  El Talmud se esfuerza por evitar toda interpretación Mesiánica e interpreta este pasaje como una referencia a “Metratrón,” que lleva el mismo nombre de Dios y que frecuentemente incluso se identifica con el Mesías. El buen amigo y cuñado del Rabí A. qiba, R. Eliezer, conocido también como discípulo del R. Joh. anan Ben Zakkai, finalmente fue exiliado a Lida de por vida al ser hallado culpable de ser un Min, un judío cristiano.  También fue excomulgado del Gran Concilio en Jabne. Parecería que R. Josi temía que Aqiba también encontrara su camino hacia la comunión cristiana. Sin embargo, pudiera ser que Aqiba simplemente haya agregado su propia interpretación al pasaje del Salmo 110 que describe al Mesías sentado a la diestra de Dios, una interpretación generalmente aceptada por los rabinos.  Podemos ver en muchos pasajes del Talmud cómo la sinagoga se escudaba de la influencia del cristianismo.

LOS LIBROS DE TEXTO ESCOLARES de Israel en la actualidad presentan, por primera vez desde la destrucción del Templo, la postura oficial respecto al más noble ejemplar del judaísmo, Jesús.  El profesor Pinhas E. Lapide hizo un estudio sobre la relación de diez de los principales libros de texto escolar con el cristianismo y con Jesús (21).  Cinco de ellos empiezan por presentar a Juan Bautista como alguna especie de héroe nacional y maestro que fue activo antes de Jesús. En siete de los libros las palabras de Jesús se presentan al lado de las palabras de los profetas del Antiguo Testamento. Tres de ellos dan el nombre de Jesús en forma completa como Yeshûa, como lo hacen los judíos cristianos y como también se refirió a Él RaMBaM.  La forma acortada Yeshu, en realidad tiene un matiz despectivo, como hemos visto.  En todos estos libros se subraya lo “judío” de Jesús y se hace ver claramente que no se trata del mismo “Jesús” de la iglesia. Cada uno de estos diez libros de texto sostienen que San Pablo “separó” la iglesia del judaísmo con su enseñanza de la Tora, y así convirtió una “secta” en una “religión”. En hebreo esto constituye una especie de juego de palabras—un kat, ‘secta’ se convirtió en ledat, una ‘religión’.

En lo que concierne a las enseñanzas de Jesús, siete de los libros hacen hincapié en que Él proclamaba la inminencia del “reino de Dios”; cinco señalan su fidelidad a la Tora; tres afirman que era de los fariseos; sólo uno de ellos sostiene que se oponía a los hombres letrados de su época. Jesús predicó justicia social y amor fraternal; dijo que debíamos amar aún a nuestros enemigos; en particular, se declaró en contra de la hipocresía y las apariencias externas. Sólo uno dice que creía ser el Mesías.

Cuantitativamente hablando, uno de estos libros dedica sólo dos renglones al tema de Jesús, aunque dedica cuatro páginas y media a la descripción de la expectativa mesiánica en la época del segundo Templo. El que más ampliamente trata con el tema de Jesús, le dedica cuatro páginas completas. En total, los libros citan 18 versículos diferentes del Nuevo Testamento, dedicando la mayor atención al Sermón del Monte. Un comentario Talmúdico sobre Jesús es mencionado sólo una vez (22) y el Toldôth Yeshu ni siquiera se menciona.

En 1970 el Ministerio de Educación Israelí publicó lineamientos en cuanto a la manera en que había de enseñarse este material.  Este folleto sobre “Cristianismo Primitivo” aborda los siguientes temas: a) ‘Jesús y los primeros cristianos’, aprox. 8 págs.; b) ‘Cómo llegó a ser el cristianismo la religión oficial del imperio romano’, 12 págs.; c) ‘Cristianismo y la Iglesia’, 10 págs.; d) la ‘Iglesia y los Judíos’, 5 págs. Estas instrucciones se dieron para la enseñanza de niños de alrededor de 12-13 años de edad.

El Profesor Lapide afirma al final de su estudio que los libros de texto de Israel “pintan el cuadro más positivo de Jesús que jamás hayan recibido de sus maestros los niños judíos”. Posiblemente pudiéramos agregar aquí que el Nuevo Testamento ha sido leído en la Universidad de Jerusalén como literatura judía desde los 1930. Además, Israel es el único país del Oriente Cercano en el que existe un sistema multipartidario y que intenta, al menos formalmente, observar el principio de libertad de expresión. Esto hace posible el diálogo abierto entre judíos y cristianos, y pudiera sanar relaciones que durante siglos han sido terriblemente dañadas.

Bibliografía

1. Daniel-Rops. Jesus and His Times. págs. 31-32. Vol. Tomo I.

2. Juan 18:31-33 y 37-38, Fragmento Rylands 457, P-52.

3. Ej. P-66, Bodmer 2 y P-20, P-22 o P-46.

4. Qumran, cueva 7.

5. Ginsburg, rabino Yitshak. Véase el libro hebreo Ginzei Schächter I, fragmentos Midrash y Hágada. págs. 324-338.

6. G. Lindeskog, Jesus och Judarna, p 23.

7. Gittin 57a.

8. Mishna Sanhedrin 6,4.

9. A. boda Zara 27b.

10. Gittin 57a.

11. Véase la colección de pasajes censurados “Hesronôth ha-Sha’s,” “kolel teshuvoth ha RaDaQ leha-Notsrim,” Cracova 1893, p 26.

12. Sanhedrin 43a.

13. Judah presidió sobre el Gran Concilio de 170-217 d. de C.

14. Sanhedrin 43a.

15. Véase el resumen de Josef Klausner en su libro Jesus of Nazareth, German ed., p55.

16. Sanhedrin 43a.

17. Avoda Zara 27b.

18. Tosephta, Shabbath 13,5.

19. Sanhedrin 43a.

20. Sanhedrin 38b y H. aggiga 14a. Véase también Daniel 7:9 y 13-15.

21. . Pinh.as E. Lapide, Jesus in Israeli School Books, en el Journal of Ecum. Studies, Tomo IV, 1973, págs. 515-531.

22. Sanhedrin 43a, en el que podemos leer de la crucifixión de Jesús en vísperas de la Pascua, sus cinco discípulos y lo de estar “cerca del reino”.

Extracto del estudio: EMEENTALLDLER, traducción al español.

 

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